La fiesta de la primavera (De héroes y hombres, cap. 5)

barda primavera

La fiesta de la primavera es uno de los acontecimientos más importantes del año y, sin duda, el más esperado por las jóvenes de Nasar. Llegan viajeros de toda el reino, nobles, comerciantes y sacerdotisas de los diferentes puntos del archipiélago; e incluso de fuera, de muy lejos. Comerciantes de Urakos, de Tamusia, de Ambón, hasta utlanos de Emotnoch y exóticos emisarios de piel oscura de Aghasu. También suele venir algún príncipe del sur con la intención de tomar como esposa una noble sacerdotisa de Kara cuyo matrimonio glorifique su casa o, en el mejor de los casos, una princesa de Nassar. Este año, la fiesta cobra una especial relevancia, porque la princesa Tule celebra su mayoría de edad y el ganador de los juegos tendrá la oportunidad de elegirla esta noche entre todas las doncellas y damas. Quizás por ese motivo hay tal cantidad de príncipes y nobles extranjeros. Ninar se pregunta si habría tantos pretendientes para desposar a una princesa de Nassar antes de la conquista del rey Bares. Segurísimo que no. Los príncipes de Essos sueñan con reinar en este rico territorio, no con servir a la Diosa. Puerto Dorado, al sur de la isla, rebosa estos días de barcos venidos —según cuentan comerciantes y posaderos que han tratado con los marineros— de los más variados países de la costa de Assos. Salacia, Kerse, Ketui, y otras muchas ciudades cuyo nombre Ninar no ha escuchado antes. Ninar nunca ha salido del reino de Nassar, este archipiélago, que debe resultar pequeño a los miles de viajeros que ahora ocupan la isla, es todo su mundo. A Ninar la encantaría viajar. Nassar es un buen lugar para vivir, tranquilo, rico y muy hermoso. El clima es excelente y las cosechas abundantes; pero el mundo encierra maravillas que cantan los bardos y cuentan los marineros, que a la joven doncella le gustaría ver con sus propios ojos. El desierto dorado de Zeihar, leguas y leguas de finísima arena ardiente que ningún hombre puede atravesar sin el beso de la Luna; los muros infranqueables de Aghasu, construidos por gigantes hace mil años para proteger a la Diosa de la guerra de los inmortales; los templos secretos de los utlanos, ocultos en la profundidad de la Selva Esmeralda, donde se dice que duermen los últimos Señores Dragón. Su padre es un importante comerciante, bastante rico, y bendecido con la amistad de Lhassar, cuñado de la reina. Por ello, viaja habitualmente a Ambón, Tamusia y Erikos; pero a ella nunca la ha llevado más allá de la isla de Kares, donde viven unos parientes de su madre. Su madre dice que el mar es muy peligroso para una niña tan pequeña. ¿Una niña pequeña? Ella ya no es una niña pequeña. Al menos no podrán tratarla como tal después de esta fiesta de la primavera en la que también ella celebrará su mayoría de edad, sus dieciséis primaveras.
Como cada año, la fiesta ha dado comienzo justo en el equinoccio. Cuando el sol alcanza su punto más alto en el cielo, la luz entra en un grueso haz por la abertura superior del Templo Mayor de Kara y se desparrama por las paredes de la cueva sagrada como un torrente de agua clara y blanquecina que baña los ancestrales bajorrelieves. En el centro de la cueva, rodeando la majestuosa estatua de la Diosa, la ofrenda floral traída por las sacerdotisas de los más diversos rincones del reino es bendecida por Neilda Karesa, la hermosa reina sagrada de Nasar. Ella escoge, en nombre de la divina Kara, el primer ramo con el que adornarse el cabello. Después, ejecutando el baile ritual al son del himno entonado por los bardos sagrados, el resto de las damas, las doncellas nobles y sacerdotisas elegidas por la reina hacen lo propio. Es un espectáculo hermosísimo, pero hoy Ninar no ha podido asistir a la ceremonia inaugural dentro del templo. En varias ocasiones el noble Lhasar ha invitado a su familia a asistir, pero este año hay demasiados ilustres visitantes y la cueva se ha llenado de extranjeros. El pueblo de Nasar se ha agolpado junto los jardines de la entrada, como cada ceremonia de inicio de la primavera, para escuchar el estremecedor canto de las sacerdotisas de Arsé a la salida de la reina y sus damas. Ninar ha asistido junto a su madre y sus hermanas. Ante la regia comitiva, no ha podido evitar emocionarse al contemplar la sublime belleza de la Guardia de la Reina: sobrias guerreras acorazadas en cuero rojizo, sin más adorno que el de las plumas de águila negra que lucen sus lanzas y coronan sus yelmos de bronce.
Sira, su hermana mayor, sacerdotisa de Eredeta, ha bendecido unos ramos de rosas rojas y margaritas doradas con agua traída de la fuente del templo de Ará, y ha adornado el cabello y las prendas de sus familiares. Sira es una magnífica artesana floral, y en sus visitas a la isla siempre adorna los jardines de la casa con nuevas especies y figuras. Ahora, al regreso del paseo por el mercado junto a algunas amigas de la villa que han venido también con sus familias a celebrar la entrada de la primavera, y tras el ajetreo de los juegos de la feria con las demás muchachas y muchachos —donde Ninar ha demostrado su enorme destreza y habilidad—, la joven ha perdido las flores que le había colocado su hermana y apenas conserva una maltratada rosa y algunos pétalos enredados en su cabello ondulado. Su madre la regaña con severidad, y le advierte que debe mantener la compostura y empezar a comportarse como una mujer de su condición, ya que hoy recibirá el don de la Diosa.
—Incluso la pequeña Iru conserva sus adornos. ¡Mira que aspecto tienes, hija mía! Pareces una campesina desvalida. ¿Acaso no hay vestidos preciosos en casa con los que dignificar tu presencia ante Kara?
Pero Ninar odia las estúpidas prendas de tibelina o de seda de Bursau que con tanto orgullo visten las damas y doncellas de Nasar. Se siente cómoda con prendas simples de lana y algodón, o con las de resistente lenzal, ante o fina piel como las que hoy viste. Lo que realmente la abochorna son la pintura carmesí que su madre ha puesto en sus labios, el organdí transparente con el que la ha obligado a cubrirse los hombros, y la cinta dorada de seda joyante con la que le ha engalanado el pelo. Adornos todos que contrastan llamativamente con el resto de su vestimenta y, lo que es peor, con su propio gusto.
—Déjala en paz, mamá —dice Sira con dulzura—. Si la Diosa quisiera que todas pareciésemos rosas no habría, trigo, ni manzanos en el mundo. Ninar está preciosa, y Kara la ha bendecido con un talento para disparar el arco del que tú y yo carecemos —añade guiñando un ojo a su hermana.
Las tres hermanas ríen, pero su madre no tanto. Ella desea que Ninar siga los pasos de Sira y sea aceptada en algún templo importante. ¿Quién sabe si podría convertirse incluso en sacerdotisa de Kara? Ninar se ha rebelado desde niña ante ese proyecto. Tan sólo el templo de Numma la sedujo algún tiempo como destino, pero las sacerdotisas guerreras del Monte Ávaro son elegidas de niñas entre las hijas que las familias pobres entregan a la Diosa y no hay otra forma de entrar en la orden. De pequeña soñaba con pertenecer a la guardia de la reina, pero en los últimos años ha surgido en su espíritu una nueva y poderosa vocación por la sabiduría. La senda del conocimiento no habría sido vista con disgusto por su madre si la niña quisiese transitarla por el camino del sacerdocio, pero Ninar no es una niña normal, y su deseo nació hace tres inviernos cuando conoció a un viajero extranjero al que algunos llaman Turban y la mayoría conoce simplemente como el Viejo Filósofo.
Es hora de comer. Su madre entregó esta mañana tres corderos en sacrificio a la Diosa, y ahora, tras varias horas en uno de los hornos soterrados del mercado al cuidado de su padre y los sirvientes de la villa, el delicioso manjar esta listo. Bantur —el padre de Anya, su mejor amiga, y capataz al servicio de su padre desde que Ninar recuerda— procede a cortar la carne, y su hijo Anso la reparte en cuencos de barro entre los comensales y les añade un guiso de patatas y verduras. Como dicta la tradición, la familia comparte la comida con los trabajadores de la villa y con las familias pobres de las aldeas circundantes que no pueden permitirse sacrificar sus propios animales. Todos comen como iguales junto a la feria, sentados en la pradera que da entrada al exuberante jardín del templo. Damas, señores, comerciantes, aldeanos, sirvientes y esclavos; todos comparten agradecidos el regalo de la última cosecha y ruegan a la Diosa por la siguiente. Incluso la reina, el rey, y sus ilustres visitantes extranjeros comen en un estrado bajo el inmenso toldo que han instalado en el centro de la pradera donde —tras sacrificar ritualmente varios animales cuyas piezas distribuyen los sirvientes entre los más necesitados—, almuerzan rodeados de por las sumas sacerdotisas, el maestro de la orden druídica de Bodo y otras personalidades locales.
A media tarde, mientras los más pobres dan cuenta de las últimas exiguas raciones de carne y guisado, la mayor parte de los comensales de la gran romería primaveral se retiran a los alrededores de la pradera a charlar, apurar unas copas de vino dulce y licor, o siestear en sus tiendas o bajo los toldos instalados por los ricos comerciantes, los gremios de artesanos, y las órdenes sacerdotales. La familia de Ninar ha montado un gran toldo azul marino y Sira lo ha decorado primordialmente con flores rosadas de cerezo salvaje, amarillas de acebo y jarilla, y azules gencianas. Ahora, junto con Anya y los suyos, y algunos otros allegados y vecinos de la villa, reposan apaciblemente la comida. Su padre, Bantur, y algunos otros trabajadores dan buena cuenta del excelente lhasar dulce de la última cosecha, y las mujeres charlan comiendo algo de fruta que acompañan de licor de cereza de Tamusia. Anya, un año mayor que Ninar, narra emocionada a su amiga las maravillas que la esperan esta noche, tras la ceremonia de mayoría de edad, en el ritual de desfloramiento de la fiesta nummeria. Ella por su parte espera ser bendecida con una hija heredera, y acoger en su casa un marido que pueda ayudar a su padre y su hermano, quizás uno de esos guapísimos marineros de Zésiro o Kelsé. A Ninar todo aquello la resulta bastante aburrido, no lo del desfloramiento —aunque nadie más lo sabe, ella ya se desfloró hace unos meses con el hijo de un comerciante aghasí y está encantada de repetir la experiencia—, sino lo de tener hijas y conseguir marido. Respecto a los visitantes de Essos, su madre ya la ha advertido en mil ocasiones sobre su arrogancia, impiedad, y poca predisposición a respetar el matriarcado nassarí y las leyes de la Diosa. Muy pocos son como el rey Bares. Las emocionadas palabras de su amiga son un murmullo que flota en la brisa, ella pierde su mirada en la pradera y contempla un nutrido grupo de gente que se arremolina bajo un toldo amarillo. Aguza el oído y alcanza a escuchar los acordes de una lira. No, no es una lira, es una cítara. Se levanta bruscamente, como un gato que ha divisado una presa y se acerca hacia el grupo con curiosidad. Su hermana pequeña, Iru, siempre pendiente de ella, salta de los brazos de su madre, la alcanza y se coge de su mano. También Anya la sigue.
Una voz, potente y algo ronca, se abre paso entre los huecos del nutrido corro y concluye el poema con un arpegio discordante que acompaña a los siguientes versos:

…Y así,
toman títulos los vencedores
de los enemigos que cautivan.

Los espectadores ríen a carcajadas y Ninar se muere de curiosidad por saber qué historia contaba un poema tan divertido. ¿Qué enemigos toman títulos de sus vencidos? se pregunta la joven como si se tratase de un acertijo. El círculo se abre para recibir a las nuevas espectadoras y a algún otro curioso que se acerca. El gentío es tal que el toldo no puede cubrir a todos los espectadores. El bardo acaricia las cuerdas de la cítara y el arpegio discordante que concluía el anterior poema da paso una concatenación de melancólicos acordes trenzados con enorme sutileza. Ninar, algo versada en música y poesía, piensa que se trata sin duda de un músico de talento que bien podría formar parte del servicio de la corte de Nasar. Sin embargo, su atuendo es bastante tosco, y el colorido de las prendas de mahón que viste se muestra visiblemente apagado por el desgaste. Su cabello es pardo, espeso y rizado, y está despeinado y arremolinado como un nido de pájaros. Sin duda se trata de un extranjero, pero ahora agacha la cabeza contra el instrumento y Ninar no puede verle la cara. Lentamente, alza el rostro y comienza a entonar —con un marcado acento exótico que Ninar no apreció en los anteriores versos— una bella canción.

Soy la pendiente a través de un llano,
soy viento en un lago profundo,
soy bajo la uña una espina,
soy la fogata de la colina.

Soy lágrima caída del sol,
soy un gavilán sobre el acantilado,
soy un salmón bajo el estanque,
soy una lanza que anhela la sangre.

Soy un infante: ¿quién sino yo
atisba desde el arco no labrado de Kara?

Efectivamente, se trata de un extranjero, uno de esos extraños viajeros sin país que se hacen llamar a sí mismos tirseos. Tiene los ojos redondeados, y de un color verde como el del lago del templo de Ará. Sus ojos recuerdan a los de algunas de las representaciones de los dioses de Essos que los mercaderes venden a las puertas de los templos de Orissos y Tarbantu. Lo mismo ocurre con su barba, espesa y peinada en dos trenzas como la de Sakar. Tiene la nariz prominente, algo aguileña, y la mirada triste; pero su rostro es alegre, carismático, y su porte resulta atractivo. Parece algo mayor, debe tener al menos cuarenta primaveras, como su madre. Quizás más, quizás sólo aparenta esa edad y es tan mayor como su padre, si de veras —como dijo el viejo Turban— los tirseos sobrepasan a menudo con creces los ciento veinte años que viven los hombres.

Soy el escudo de todas las cabezas,
soy la tumba de toda esperanza,
soy un señuelo del paraíso,
soy la sabia del blanco aliso.

Soy un prodigio entre las flores.
un jabalí despiadado y rojo,
soy la reina de todas las colmenas,
soy la colina de los poetas.

Soy un mago: ¿quién sino yo
atisba desde el arco no labrado de Kara?

A la muerte del último acorde le sigue un instante de silencio. Un silencio en el que Ninar puede sentir el peso de las cavilaciones de los asistentes que, perdidos en un mar de sucintas evocaciones, parecen haber abandonado temporalmente el mundo de los vivos. En ese instante de tiempo detenido los ojos verdes del bardo se cruzan con los suyos y el enigmático extranjero la sonríe. Entonces, como si la sonrisa del bardo hubiese roto alguna especie de hechizo, el improvisado público rompe al unísono en un generoso aplauso. Unicamente Ninar permanece inmóvil, aunque sus ojos y su tripa sonríen.
El sonido de los cascos de una hermosa yegua baya caoba se mezcla con los últimos aplausos. Sobre ella monta un joven fornido de rasgos toscos y carentes de la armonía que regala la Diosa a sus hijos predilectos. En contrapartida está muy ricamente ataviado con una clámide blanca de seda conchal y unos gruesos brazaletes de plata. Ninar no reconoce su rostro ni su atuendo, se trata sin duda de un extranjero. Lleva la marca de Balkar dibujada en los ojos enrojecidos y la sonrisa impertinente. El bardo se ha levantado, sujeta la cítara con la mano izquierda y sostiene la derecha frente al pecho mientras agradece los aplausos con una reverencia.
—¿Ya te marchas bardo? ¿No vas a recitar un poema para el héroe Kostar de Zésiro? —clama el robusto jinete en un tono que denota arrogancia y exceso de vino de la tierra—. Parece que lo haces bien. Esta buena gente de Nasar —el sarcasmo se aprecia en su gesto— aplaude tu arte, y Kostar paga bien ese servicio cuando le agrada.
—Lo lamento, noble Kostar de Zésiro, pero he dado por concluida la función —responde el bardo con cortesía—. Deseo descansar antes de los juegos, y no preciso más pago que la gracia de la Diosa y el generoso banquete que sus buenas hijas e hijos me han dispensado —concluye haciendo un gesto con la mano hacia la familia que estaba sentada junto a él durante la actuación.
Dicho esto, abandona el corro dejando al orgulloso Kostar con tres palmos de narices buscando una réplica que se pierde en el camino que va de su mente a su boca. A Ninar le hace mucha gracia el desplante y no puede ocultar la risa. Con tan mala suerte que el bruto de Kostar —cabizbajo y abatido por las palabras del bardo— repara en ello.
—¿Acaso ríes del noble Kostar, doncella desvergonzada? —truena su voz.
Ella queda como petrificada por el miedo. El noble Kostar guía su yegua hacia ella, y al acercarse la figura de ambos animales se vuelve enorme. Anya tira de su brazo para arrastrarla lejos de monstruoso centauro, pero Ninar esta paralizada y ni siquiera retrocede. Ningún hombre de Nasar se atrevería a tocar a una hija de la Diosa. Pero Kostar no es un hombre de Nasar, es un noble venido de los reinos conquistadores de Assos, y esos hombres no respetan las viejas costumbres, ni las ancestrales leyes de la Diosa. La pequeña Iru, que aun esta junto a su hermana, agarrada a su mano, comienza a llorar.
—Está bien, cantaré para el noble Kostar —suena la voz serena del bardo, que ha regresado al ya deshecho corro y se acerca con grácil andar al jinete cítara en mano.
Kostar se gira hacia él, pero sus ojos no expresan deseo alguno de escuchar al bardo, sino cólera.
—¡Kostar no desea ya canciones, sino castigo para tanta irreverencia! —exclama desenfundando la hoja de bronce de su espada ancha.
El gesto produce una rápida cadena de acontecimientos. La yegua se encabrita levantando las patas delanteras por encima de la cabeza de las niñas. Ninar deja escapar un gritito con el susto y da un salto hacia atrás. Su hermanita chilla estruendosamente y emprende la carrera hacia la seguridad de sus padres. Anya corre tras la niña. El gentío exclama o grita, y se abre alrededor Kostar como una flor de Tarz en saludo a los primeros rayos del alba. El bardo tirseo se detiene a unos pocos codos del jinete, extiende los brazos teatralmente, fuerza una sonrisa que parece contener sus verdaderas emociones y se dirige a Kostar paternalmente:
—Está prohibido desnudar las armas en este lugar sagrado, noble Kostar. Sería muy insensato por tu parte demostrar tan poco respeto a la Diosa ante la mirada de la reina Neilda, de su rey, y de tu propio rey, su huésped —e indica con un gesto de la cabeza al estrado donde, efectivamente, los monarcas han vuelto su atención hacia el tumulto.
La carrera de la pequeña Iru se ha visto entorpecida por una raíz que la ha hecho caer por una pequeña pendiente y se revuelve en el suelo llorando y sujetándose un brazo herido. Anya se detiene junto a ella y la abraza. Ninar, rompiendo el embrujo del miedo que la paralizaba, corre junto a su hermana. Kostar siente desde la distancia el frío de la mirada acusadora de Auro, joven rey de Zésiro. Inspira profundamente como tragando su propia ira, y vuelve a enfundar el arma.
—Lástima que no seáis más que un bardo vagabundo de la maldecida Tirsea, y el magno y justo Asote difícilmente pueda otorgarme el derecho a vengar tu falta durante los juegos de esta noche. Porque si no fueses el cobarde que se que eres, limpiaría bien a gusto mi honra con tu sangre —kostar escupe las palabras llenas de odio.
—Lastima —responde el bardo girando las palmas de las manos hacia él y sin borrar de sus labios la sonrisa teatral.
Kostar se gira hacia Ninar, que le mira con los ojos encendidos de rabia e impotencia junto a su hermanita. La niña no deja de llorar, se ha roto los huesos del antebrazo con la caída y se sujeta la mano herida temblorosa y asustada. El guerrero zésiro mantiene su mirada fija en la de ella unos segundos, después una malévola sonrisa se dibuja en su rostro, tira de las riendas de su montura y se marcha.
El bardo se acerca a las niñas, pide permiso con un gesto a Ninar —que tiene entre sus brazos a la niña— y coge su brazo suavemente. Se ha formado un corro que cuchichea a su alrededor. Todos pueden ver la extraña trayectoria que sigue el bracito de la pequeña, pero el bardo le acaricia la mejilla con cariño y dice que no es nada.
—¿Me permites? —pregunta a Ninar, que asiente tímidamente.
El extranjero pasa sus manos sobre el brazo de la pequeña y sonriendo, imitando la exótica lengua agashí, recita unas palabras ininteligibles que sin duda acaba de inventar. Iru ha dejado de llorar y riendo contempla los ojos profundos del bardo. Suena un pequeño chasquido, pero la niña no parece sentir dolor. Los huesos del brazo están en su sitio, aunque este ha empezado a hincharse. El bardo busca en un zurrón que oculta entre las prendas gastadas prendas de colores. Saca una gruesa corteza de fresno y la coloca sobre el brazo de Iru. Guiña el ojo a la niña y vuelve a recitar un extraño y estrambótico sortilegio. Sobre la corteza hay una extraña runa. Ahora todo el mundo guarda silencio. Sólo se escucha la risa de Iru. Cuando retira la corteza el brazo está completamente curado. Iru se queda estupefacta, con la boca abierta de par en par. El bardo se levanta, guarda la corteza, recoge su cítara y hace una reverencia como si acabase de realizar una actuación teatral y no una curación. Ninar, casi tan omnubilada como su hermana da las gracias sin apenas voz. Todos están tan sorprendidos con la milagrosa curación que hasta que el bardo no se ha marchado Ninar no se da cuenta de que ni siquiera le ha preguntado el nombre.

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