El oráculo de Salacia (De héroes y hombres, cap. 4)

Sibila de Salacia

Bajo el peso de la pesada coraza de bronce, empapado en sudor, el príncipe Átibar maldice entre dientes el fatigoso ascenso y contempla algo decepcionado las desgastadas estatuas que franquean la pequeña puerta. El recuerdo había dibujado en su memoria un templo mucho más grande e imponente, pero lo cierto es que cuando lo visitó por última vez no era más que un niño, y la experiencia allí dentro fue lo bastante traumática como para magnificar la imagen de aquel ruinoso edificio. Aun ahora, bajo el calor húmedo que, a pesar de no haber llegado la primavera, asola estos días la ciudad sagrada de Salacia, un escalofrío recorre el cuerpo del príncipe y, por un instante, permanece paralizado frente a la entrada. Las palabras entonces pronunciadas por la sibila no han dejado recuerdo alguno, pero su rostro decrépito, hinchado y viscoso, así como el tacto húmedo, escamoso y frío de sus manos, están marcados como a fuego en su mente. También recuerda el agua helada que le cubría entonces hasta el pecho, y los monstruos de piedra iluminados por la tenue luz de las pequeñas velas flotantes que avivaban demoniacas sombras entre sus formas.
—¿Se encuentra bien, príncipe? —pregunta inmutable, como de costumbre, su tío Édekar, capitán de la flota Tersis.
—Sí, estoy bien —responde Átibar tragando saliva incómodamente—, es sólo… me ha dado un golpe de calor.
Enseguida, una esclava le abanica con una enorme hoja de palmera. El sudor le chorrea por los costados, y empapa sus manos haciendo resbalar el casco entre sus dedos. Un soldado se agacha para recogerlo, pero el príncipe le detiene con un gesto de la mano y se agacha él mismo.
—Estoy bien —repite.
Mientras recupera la compostura, maldice el fervor religioso de su padre, y su maldita confianza en este viejo Oráculo de Arsé que muchos no dudan en considerar que aún permanece fiel al herético culto de Zea. ¿No es suficiente el exagerado dispendio que el rey ha ordenado ofrendar a los dioses? Se pregunta Átibar ¿No están ya sosegados sus espíritus? Entrega el casco a un esclavo y permite que Lhiobe, su esclava aussí, le limpie el sudor de la frente con una gasa.
—Me adelantaré a hacer la ofrenda —dice Édekar haciendo un gesto al sacerdote para que haga entrar a los esclavos que cargan los presentes.
El príncipe observa los hermosos rasgos de Lhiobe y piensa que ese es exactamente el aspecto que debería tener una verdadera sibila de Arsé, la Doncella Cantora, la Reina de las Artes. Sin duda, aquella bruja horrible era una decadente reminiscencia del viejo rito pagano de Zea. ¿Qué podría haberle dicho a su padre para que este mostrase tal devoción a este oráculo extranjero?
El malestar no le ha abandonado del todo, se nota algo mareado y débil, y las piernas le tiemblan levemente. Sin embargo, toma aire con convicción y contempla con orgullo la luminosa ciudad a los pies de la escalinata, toda sembrada casas blancas y jardines con palmeras y naranjos. Ese es el fruto de las conquistas de su abuelo, el vasallaje de la antaño gloriosa Salacia. Su vista resbala por el imponente palacio del consejo, que fue construido por orden de su padre. Y tras este, al fondo, Puerto Blanco —la entrada tradicional a Assos de la mayor parte de las ricas mercancías exóticas de Indo, Bersia, Barkeno y Tertakon— donde se mecen ahora, relucientes bajo el sol, los setenta mástiles de sus poderosas naves de guerra. Tan hermosa visión le hace recuperar fuerzas y confianza rápidamente. Su nombre es Átibar Indivilio, hijo del rey Kares el pacificador, hijo de Bassar el sabedor de secretos. Ya no es ningún niño que tiembla ante la visión de una anciana bruja, es el príncipe heredero de una poderosa casa cuya sangre desciende directamente de la diosa Índivil.
Al traspasar la puerta dos sacerdotisas le piden en nombre de la Diosa que entregue las armas. Átibar obedece susurrando como para sí mismo la oración correspondiente: a ti Arsé, sagrada doncella cantora, señora de las artes y el conocimiento, encomiendo humildemente mis armas, bronce que para tu gloria y protección fue forjado en Tersis. Mientras termina de desarmarse, los esclavos, que ya han entregado las ofrendas, abandonan el templo. Las sirvientas de Arsé no se han hecho esperar, y se esmeran en desangran sobre un enorme pilón de piedra blanca que reposa en el medio de la sala los tres hermosos carneros que el capitán Édekar acaba de hacer comprar en el mercado. Al fondo, dos pequeños cofres de joyas descansan frente al altar en el que Nuki, el viejo sacerdote de Kulkas que el rey ha enviado como guardián espiritual de la expedición, oficia el ritual de la ofrenda. Tras el altar, un escurridizo reguero de agua desciende serpenteando entre las esculturas gastadas.
Justo tras el pilón, junto a una húmeda escalinata que baja a la sala del oráculo, le espera su tío. Átibar camina con solemnidad hasta el pilón, se moja los dedos con la sangre caliente, dibuja la señal de la diosa Arsé en su frente, y baja los escalones ante la mirada fría del capitán. La sala del oráculo es un sótano excavado en la roca de la montaña. Es húmedo y frío, y tan tenebroso y desagradable como el príncipe recordaba. Los cuatro últimos escalones de la escalinata están sumergidos en un agua viscosa y helada que parece filtrarse desde le piso superior e inunda toda la estancia. Al pisar el líquido, un nuevo escalofrío recorre su espalda. El olor es nauseabundo, pero Átibar no sabría decir a qué huele, es un olor profundo y dulzón, como a fruta podrida. Tal y como recordaba, la luz de pequeñas velas que flotan en el agua negra ilumina demoniacos bajorrelieves de bestias y monstruos en las paredes. Átibar distingue entre ellas a Eöl, el dragón primigenio muerto por Orissos antes de la creación del mundo, a las zamias y sirenas, hijas de Zea devoradoras de hombres, a Kaon, el lobo negro que la profecía dice que devorará a Sakar en la última batalla, y una multitud de súcubos y demonios sin nombre; pero no ve ni una sola representación de Arsé, la hermosa diosa de las artes y el conocimiento.
El príncipe camina hasta el centro de la estancia vacía. Dragones, sirenas y demonios parecen vigilarle desde las sombras de las cuencas vacías de sus ojos de piedra. Ondas imperceptibles mueven el agua negra, y siente una presencia aterradora bajo la superficie negra y opaca, como si una gran serpiente nadara expectante a su alrededor. Lanza una mirada inquieta a las aguas, se lleva la diestra al costado y acaricia instintivamente la vaina vacía de su espada. Tras unos segundos su ánimo parece calmarse, pero el frío atenaza sus piernas y es presa de una incómoda tiritona. Justo cuando, algo impaciente, lanza una mirada atrás, a la escalera, el agua se revuelve y una figura, como aparecida de la nada, se incorpora lentamente ante él.
A pesar del susto, la sibila no es el monstruo que Átibar esperaba encontrar, por el contrario, ante sus ojos se yergue la voluptuosa figura de una sacerdotisa muy bella que apenas debe superarle en edad. Su cuerpo, casi desnudo, apenas lo cubre un grueso pectoral de oro enjoyado que deja al descubierto sus generosos pechos, y prácticamente todo lo demás. Su cabello, adornado por un collar de perlas blancas, cuelga mojado en dos trenzas negras y brillantes. Y sus ojos, por causa del trance divino —supone Átibar— destacan terriblemente blancos y fantasmales en la tímida luz de la gruta. Ciertamente, piensa Átibar, es tan hermosa como Lhiobe. Sin embargo, eso no hace que le inspire mucha más confianza que la anciana sibila de su anterior visita, y apenas hace que su aspecto resulte menos terrible. La tiritona persevera y ahora Átibar nota con disgusto que sus dientes castañetean sin que pueda hacer nada por evitarlo.
—Sed bien recibido en el Oráculo Salacio de la Diosa, Átibar Indivilio, príncipe de Tersis —dice la voz espectral de la sibila.
—A los pies de Arsé me humillo, divina sibila —responde dificultosamente el príncipe, mientras se arrodilla en el agua helada, conteniendo apenas la incómoda tiritona —, y ruego por un poco de la luz de sus designios.
El agua, que cubre a la sibila justo por encima de su sexo, le llega ahora a Átibar casi hasta el cuello.
—La Diosa agradece tu generosa ofrenda, así como la entregada devoción de tu familia.
—Nuestra deuda con los dioses salvadores nos obliga, no somos más que humildes servidores, divina sibila.
—¿Deseas conocer la suerte de tu flota en la travesía hacia el norte?
—Así es, divina sibila.
La sacerdotisa hace un cuenco con sus manos y arroja agua helada sobre la cabeza del príncipe, un nuevo escalofrío recorre su cuerpo que reacciona con un pronunciado espasmo. Después, ella respira profundamente y comienza a hablar con voz aún más sibilante y rascada:
—Las Furias de los abismos submarinos dormirán. Las sirenas terribles y hambrientas, dormirán. Tus naves surcarán presurosas las aguas, ¡oh, poderoso príncipe! La Reina del Mar, a quien llamas Lubbo, agradece el presente de oro y marfil, y adorna con él su vestido turquesa. Los vientos tempestuosos te serán favorables también, e inflamará tus velas su aliento amigo. Sakar descansa tras las murallas de su fortaleza, sobre las nubes del Cielo, saciado del sabor de los bueyes que sacrificaste en su honor. Como rogaste a los dioses, tu flota alcanzará intacta el puerto de Nasar, y se unirá poco después, junto a la de Urakos, a la gran armada del Triarca. Una armada como nunca antes se ha visto, un bosque de mástiles que se extenderá sobre los campos del mar más allá de donde alcanza la vista de los hombres.
El príncipe Átibar alza la mirada hacia el extasiado rostro de la sibila. Sus palabras son reconfortantes, pero el precio pagado y el tiempo perdido merecen más.
—¿Eso es todo, divina sibila?
La sibila calla durante unos segundos. Átibar tiene el rostro muy cerca de su vientre y siente como el olor penetrante y dulzón emana de su cuerpo. Ella agarra su cabeza con ambas manos, su tacto es húmedo y muy frío.
—No, no lo es, joven príncipe. Tu padre te ha enviado a mí para que te sea revelado el mensaje de la Diosa, un mensaje de luz y sombra —dice ella en un susurro ladeándole la cabeza y apretando el rostro de Átibar contra su vientre. Instintivamente, el príncipe, tiritando, se abraza a las piernas desnudas de sibila, pero están tan frías como el agua negra que las cubre. Ella juguetea con sus dedos entre los finos mechones del cabello del príncipe.
—Mi pobre príncipe —susurra la sibila—, veo mares revueltos; fuego, sangre y ruina para los reinos que conocemos.
Átibar, tembloroso, se separa de sus piernas y levanta la vista. Ella permanece agarrada a su nuca, se agacha junto a él y acerca los labios a sus oídos.
—El hijo de la Diosa, reclamará la paz, pero no será escuchado. Una gran armada se hundirá bajo la furia del mar. Muy pocos regresarán a casa. La guerra alimentará traiciones, cambiará las fronteras de los reinos y forjará nuevas alianzas que sellarán el destino de los hombres…
—¿Regresaré a casa? —interrumpe Átibar.
La sibila calla, durante un instante, luego continúa.
—El ciclo se cierra, el tiempo de los héroes se acerca de nuevo, su retorno, y su final. Si partes hacia Nasar, ganarás gran gloria, pero nunca regresaras a casa.
—¿Entonces, si parto, no volveré a ver a mi familia, no reinaré? —pregunta el príncipe contrariado.
La sibila calla de nuevo, aleja un poco el rostro de Átibar, cierra los ojos y exhala un gemido prolongado y agudo. Átibar, algo recuperado de su tiritona la coge por las muñecas.
—¿Ya no seré rey, divina sibila?
Ella abre los terribles ojos blancos repentinamente, con expresión de sorpresa, como si regresase del mundo de los espíritus. Entonces se arrima más a Átibar, subiéndose sobre sus piernas y acercando la cabeza del príncipe —que aún tiene agarrada por la nuca— a sus pechos desnudos. Átibar, que permanece arrodillado, se ve obligado por el empuje de la sibila a sentarse sobre sus pantorrillas y la abraza por la cintura para mantener el equilibrio. En esa posición, el agua le llega hasta la barbilla. El frío ha abandonado su cuerpo y el miedo ha dado paso a un irresistible deseo. Su miembro está erecto y duro como una lanza de fresno.
—Reinarás, príncipe Átibar, reinarás como los héroes primigenios. Reinarás en una tierra lejana —susurra ella a su oído entre suaves jadeos mientras se contonea suavemente sobre su pene erecto.
Átibar, llevado por el deseo, cierra los ojos y aprieta con fuerza los glúteos de la sibila acompañando el sensual movimiento de sus caderas. La sibila sujeta su rostro y le besa, sus labios son gruesos y parecen untados de un aceite dulzón; su lengua, fría y gruesa, recorre las facciones del príncipe con lujuria, invade su boca, le lame los ojos.
—El Triarca, será Tetrarca —continúa entre jadeos la sibila—, cientos de hombres serán sacrificados, los antiguos pueblos se revelarán contra sus nuevos amos, los piratas dominarán el Mar Antiguo.
Pero Átibar ya apenas escucha las palabras, toda su atención está puesta en el cuerpo frío y mojado de la sibila. Ella arquea su espalda y emite un sonoro gemido que ha debido escucharse incluso arriba, pero a Átibar no le importa en este momento y, ya sin ningún pudor, besa, lame y muerde sus pechos. El movimiento de las caderas de la sibila se intensifica, sujeta la cabeza de Átibar entre sus pechos y se frota contra su miembro cada vez con más fuerza. El príncipe siente como si fuese a reventar, el miembro le arde y duele de placer.
—Las semillas de piedra darán fruto, despertarán los dragones dormidos, el Señor de los Muertos reclamará su trono…
Átibar la sujeta con una mano por debajo del culo y la levanta un poco, con la otra mano se aparta la falda, coge su polla y la coloca en el coño de la sibila. La deja caer contra él, el miembro entra despacio, la vagina sí está caliente, ella se aprieta contra él y gime de nuevo. Átibar la aprieta las caderas y busca su boca, pero ella le retira la cara, se acerca a su oreja y susurra.
—Tendrás una hija, y ella también será reina.
La sibila le lame la oreja y, tras apretar su pelvis fuertemente contra él, se separa despacio, sujetando su miembro con una mano y sus testículos con la otra. Acompañado de un terrible espasmo el semen se mezcla con el agua helada. La sibila continúa apretando el miembro de Átibar, que late en su mano varias veces antes de dejar de eyacular. El cuerpo de Átibar vuelve a tiritar, le castañetean los dientes y tiene más frío que nunca.
La sibila se incorpora despacio, Átibar la contempla extasiado. Los ojos en blanco de la muchacha recuperan su aspecto normal, son castaños y luminosos. El agua se revuelve suavemente y Átibar siente el tacto de algo frío en su espalda. Después el agua se mueve cerca de su pecho. El príncipe no puede verla, pero siente la presencia de una horrible criatura a su alrededor.

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