Tras la bestia del Rü (De héroes y hombres, cap. 2)

Bestia de Balkar

Hace ya más de dos horas que se adentran en el bosque en busca de alguna señal y el tiempo ha empeorado poco a poco. La nieve no ha dejado de caer y se espesa bajo sus pies obligando a la partida de caza a emplear raquetas para no hundirse hasta las rodillas. La ventisca habrá borrado las huellas de la bestia en el caso de que esta exista realmente. El invierno está resultando especialmente duro para Keno que, aunque era consciente de que alistarse en la tropa del general Aju conllevaría no pocos riesgos y sacrificios, nunca imaginó que vería el rostro del dios de la guerra tan pronto ni tan de cerca. Nunca tuvo un espíritu demasiado belicoso, ni siquiera en exceso valiente, más bien siempre fue un chico precavido, por decirlo suavemente. Pero como segundo hijo de una numerosa familia de campesinos de la belicosa Bolskán su destino estaba sellado al nacer, estaba señalado para la leva del dios Burduk.
Su participación en el asalto a la fortaleza de Rü-Kán fue poco más que un trámite, y aún así, se meó en los pantalones de los nervios. Supongo que les pasa a todos, piensa mientras camina contra la ventisca con la mirada fija en el horizonte, oteando entre las sombras que el sol del atardecer empieza a alargar. La batalla del Valle del Rü sin embargo fue una experiencia bastante traumática. Bien es cierto que no tuvo que combatir entre las tiendas en llamas como sí lo hicieron algunos de sus más allegados compañeros. Pobre Tazi —piensa—, Niaru lo reciba con honores. A Keno le resultará difícil, por más que pasen los años, borrar de su memoria la imagen de aquel amanecer en el que ante sus ojos se extendió un valle de nieve completamente rosada por la sangre. ¿Cuántos hombres morirían allí? Le resulta imposible calcular una cifra si quiera aproximada. ¿Cientos? ¿tal vez miles? En aquella ocasión la experiencia de Keno como cazador había jugado a su favor otorgándole un puesto entre la compañía de arqueros de las colinas, relativamente lejos de la matanza; ahora, por el contrario, estaba devolviendo el favor a los dioses, y llevaba más de tres semanas de partida en partida recorriendo los bosques y montañas que rodean el valle tras la pista de una maldita bestia que según los aldeanos asolaba la región desde poco después de la batalla. Una bestia negra, de enormes colmillos, grande como un buey, con ojos de fuego y toda sembrada de terribles púas. Lo cierto es que Keno no creía que la bestia existiese, y ninguna de las partidas de caza se había encontrado cara a cara aun con el monstruo, pero la desaparición del grupo de Makune, tres días antes, había servido para alentar el cuento y acabar de desesperar al general.
Keno había visto las aldeas quemadas y arrasadas con sus propios ojos —la última esa misma tarde—, pero culpaba a los aldeanos Korbenses, o a las bandas de supervivientes de la batalla, que en su huida hacia el sur actuaban no pocas veces como ladrones y asaltantes. ¿Desde cuándo las bestias quemaban aldeas? Keno había escuchado muchas historias de los antiguos dragones, y también sobre los gigantes y bestias diabólicas que acompañaban a los titanes en las antiguas guerras, pero eso eran antiguos mitos, y de ser ciertos habían sucedido hacía ¿cuánto? ¿mil años?
—Creo que deberíamos detenernos— dice Saji, el jefe de la pequeña compañía soltando sus bultos sobre la nieve—, instalaremos el campamento aquí, antes de que anochezca. Al resguardo de aquella colina.
Fantástica idea, piensa Keno. Pero la alegría le dura poco, el jefe les ordena a él y a Sarbu seguir adelante un poco más. Según lo referido por los aldeanos, hay un pequeño asentamiento korbense un poco más al oeste. Quizá allí encuentren algún rastro. ¡Malditos sean los dioses! —clama Keno para sus adentros. La ronda de exploración es una putada, pero lo peor es compartirla con ese extraño utlano. Es un hombre realmente misterioso al que nadie parece conocer realmente y que algunos llaman el Ratón Nocturno, por su costumbre de merodear de noche en silencio buscando solo los dioses saben qué. Su padre siempre decía que los utlanos son una raza ruín y primitiva..
Mientras camina pesadamente tras los pasos ligeros del compañero que le ha tocado en gracia, piensa que el extranjero se mueve con demasiada soltura en la nieve para proceder de una tierra donde dicen que nunca nieva. Cree recordar que Tazi decía que había escuchado a unos veteranos que era uno de los esclavos de la cuenca de Garokán que el general había liberado tres años atrás para reconstruir su tropa después de la derrota Kandal. Aju no confiaba en los esclavos, pero más de cien años de guerra habían dejado la isla seca de hombres para empuñar las lanzas de Bolskán y Korbis, así que ambas ciudades se veían obligadas a rellenar sus tropas con esclavos y mercenarios extranjeros, y estos últimos son bastante caros. El general Aju no aceptaba los esclavos que le enviaba el Consejo para cumplir con el cupo, y los liberaba y ofrecía un sueldo a cambio de servir en la tropa. Lo que menos le gustaba a Keno del Ratón Nocturno era que nunca hablaba. Había conocido muchos hombres reservados en los últimos meses, pero a ningún otro al que no le hubiese escuchado decir ni una sola palabra. ¿Qué se puede pensar de un hombre que no habla? ¿A qué atenerse? Sin duda debe tratarse de alguien muy tonto o muy listo. Y en las circunstancias actuales, Keno no sabe cual de las dos cosas es peor para él.
Parece que la ventisca a amainado. Tras un rato de dura travesía a través de la espesa maleza, Sarbu se detiene ante lo que parece un sendero que asciende colina arriba. Interroga a Keno con la mirada, por toda respuesta el joven se encoge de hombros. El utlano se gira y toma el sendero. Keno se pregunta qué edad tendrá su incansable compañero. Parece un hombre de mediana edad, quizás unos cincuenta, es difícil calcular la edad de los utlanos. Cincuenta años, tal vez más. Es más o menos la edad que debía tener Tazi —piensa—. Ahora, perdido tan lejos de casa, Keno piensa que echará mucho de menos a su paisano entre tanto extraño.
El sendero les lleva a una pequeña aldea, apenas cuatro chozas, dos vallados para el ganado y dos almacenes para el cereal. Aún resta una hora aproximada para que se oculte el sol. Hay una campesina apilando heno junto a uno de los vallados, por lo demás la aldea parece estar en absoluta calma. Los exploradores se acercan y se detienen junto a ella, que no ha apartado la mirada de ellos desde que se percató de su presencia. Keno puede ver el miedo en sus ojos, tiene la misma mirada que un ciervo que ha olido el peligro demasiado tarde. Parece a punto de echar a correr. Sarbu coge su pellejo de cabra y bebe agua. Keno se da cuenta de que inconscientemente está esperando a que su compañero tome la iniciativa, pero Sarbu no parece dispuesto a romper hoy su voto de silencio.
De repente suena una voz de hombre, viene desde la cabaña más cercana, que tiene la puerta abierta. Keno en su distracción no distingue las palabras.
—Voy enseguida, Ekhi, es que hay unos hombres aquí —responde la mujer con un marcado acento korbense.
—Disculpe mujer —dice Keno tímidamente—, sólo queríamos… estamos buscando…
Ella frunce el ceño en evidente expresión de no entender a dónde quiere llegar el joven cazador.
—¿Hombres? —clama la voz del que debe llamarse Ekhi desde el interior de la cabaña—. ¿Y qué quieren?
—Estamos buscando una bestia que está atacando las aldeas. Queremos saber si les ha molestado o han notado algo raro —dice Keno con algo más de decisión dirigiéndose a la mujer.
—¿Por qué iba a molestar la Bestia a gentes piadosas y temerosas de los dioses? —truena la voz de Ekhi a sus espaldas.
El korbense se encuentra ahora frente a la puerta de la cabaña con un hacha de leñador en las manos. Es un hombre bastante corpulento, tiene una fea cicatriz desde la frente hasta la mejilla atravesándole el ojo izquierdo y la barba trenzada larga hasta la mitad del pecho. Su aspecto es bastante imponente. Sarbu, inmediatamente, echa mano a su espada y desenfunda el bronce. Keno se gira hacia el korbense y se dirige a él en tono conciliador:
—No pretendemos molestar, buen hombre. El general Aju nos envía para ayudarles.
El korbense ríe estruendosamente.
. —¡Ayudarnos! Dile a tu general que se marche de aquí, dile que se lleve con él a todos los traidores y adoradores de serpientes. Dile que sacrifique a Balkar cien bueyes y pida perdón por todos los pecados cometidos por él y sus antepasados desde la traición de Sakarbik. Entonces la bestia os dejará en paz.
Varios aldeanos se han asomado a las puertas y ventanas de las cabañas. La mujer sale del vallado, cierra la portezuela de madera y se dirige hacia Ekhi, que dice algo a su oído y la empuja hacia el interior de la casa sin dejar de mirar a los extranjeros.
—Será mejor que nos vayamos —dice Keno. Sarbu asiente en silencio y guarda su espada.

De regreso al campamento, Keno aprecia unas huellas de pezuña que se separan del camino. El rastro está casi borrado y es apenas perceptible. Junto a las huellas de animal hay otras de hombre. Llama la atención de su compañero y le muestra el rastro. Sarbu mira en la dirección en la que se pierden las huellas. El cielo se ha oscurecido de nubes y ha comenzado a llover. El rastro les lleva hacia un altar construido con dos enormes losas de piedra en medio de un claro. Al acercarse pueden ver, a pesar de que la luz comienza a ser muy débil, restos de sangre en la piedra y sobre la nieve. Sarbu pasa los dedos sobre la losa y después se los muestra a Kenu. La sangre es reciente. El resplandor de un relámpago hace que Keno sufra un leve espasmo, su piel se eriza. Sin mediar palabra los dos exploradores emprenden a marchas forzadas el camino de vuelta al campamento. La tormenta estalla y la lluvia da paso al granizo.
Casi ha anochecido cuando los exploradores divisan por fin un fino hilo de humo en la distancia. El granizo ha dado paso de nuevo a la lluvia y el fuerte viento ha cesado un poco. Los hombres están empapados, hambrientos y cansados; y sólo de pensar en calentar algo de comer en ese fuego a Keno se le hace la boca agua. Pero al llegar al campamento, o lo que queda de él, sus ensoñaciones se ahogan bajo el peso de una horrible realidad. El humo no proviene de ninguna hoguera, sino de los restos medio calcinados del veterano Saji, que reposa tendido boca abajo en una parcela de nieve derretida y hierba quemada. Aún tiene la espada apretada en la mano. El olor a carne quemada es tan profundo que hace vomitar a Keno. Sarbu carga su arco y entra en el claro. La tienda está destrozada, entre sus restos el utlano encuentra los cuerpos de dos compañeros, están tan destrozados que ni siquiera puede reconocerlos. Hay sangre y restos de hombres por todo el claro. Keno logra recuperarse un poco, carga también su arco y entra en el claro. Los dos hombres se miran estupefactos. Sobre la nieve descansan algunas flechas y lanzas. Entre las ramas bajas de un abeto cercano hay otro cuerpo. Keno no quiere ni pensar cómo ha llegado hasta allí. Inconscientemente hace un recuento de los cadáveres. Son seis, falta uno. Pero un reguero de sangre lleva su mirada un poco más lejos, hacía otro bulto sanguinolento sobre la nieve. No hay supervivientes.
La noche ha caído sobre los bosques del Rü. La tormenta estalla de nuevo y en la lejanía se escucha un espeluznante y atronador rugido. Keno quiere pensar que se trata de un trueno, pero en el fondo de su alma sabe perfectamente que no es así.

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