Un pequeño paso para el hombre

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Un pequeño paso para el hombre… un pequeño paso para el hombre…
un pequeño paso para el hombre…

Un mensaje sencillo, pero a veces el lenguaje parece tremendamente inaccesible, misterioso, como un primigenio tipo de magia capaz de transformar las cosas. La frase lleva tiempo resonando en el interior de su cabeza y ha cambiado su significado varias veces. Es una serpiente multicolor que muda de piel en el silencio del tiempo lunar. Metamorfosis siseante. Un pequeño paso para el hombre. Un pequeño paso de escamas esmeralda para el hombre sin rostro. Un pequeño paso prometéico para el hombre de todos los rostros. Un pequeño paso …


Bajo la escafandra, una sonrisa ilumina el rostro de Neil, pero es una sonrisa melancólica, una sonrisa como pintada bajo uno de esos atardeceres violáceos que ponen pensativo al mar. Un pequeño paso para el hombre pero un gran salto para la humanidad. Una cita para la posteridad. ¡Ojalá se me hubiese ocurrido a mí! piensa: Un pequeño paso para Neil pero un gran salto para la humanidad. En la negrura de la infinita finitud que enmarcan sus ojos, la bola imperfecta de la tierra flota como una inverosímil diosa rechoncha, piel de virginal zafiro envuelta en su sensual manto de plumas blancas …un gran salto para la humanidad. Tumbado sobre la piedra lunar, contemplando la tranquila belleza de la Diosa, Neil no puede evitar pensar en Zyrano. Las estrellas suenan como notas de luz arrancadas por el roce húmedo de un dedo invisible sobre el fino cristal de la noche. Ojos abiertos en los agujeros del tiempo, mirando al pasado desde el pasado. ¡Ey, Neil! ¿Cómo van las cosas por la Tierra? Bueno, Zyrano, la verdad es que no demasiado bien. Las guerras siguen sin tener árbitros y son más injustas que antes, los hombres continuamos teniendo vergüenza de nuestro pene y los poemas siguen sin tener valor para la Casa de la Moneda.
Contemplando el cielo Neil piensa que Dios, de existir, debió ser poeta. Claro que eso debió ser hace mucho, en los tiempos del Génesis, luego… bueno, supongo que el poema se le fue de las manos. La historia, esa historia escrita que leerán las generaciones venideras, dirá que Neil soñaba desde niño con volar, que voló por primera vez a los seis años… pero la verdad es que lo que verdaderamente le gustaba al pequeño Neil era leer historias, volar por las almas. No importa demasiado, porque ese Neil, el de la historia escrita, será otro Neil diferente y, aunque nunca pisará realmente la Luna, será un perfecto Neil volador. Anne sí soñaba con volar, y Neil piensa que es ella quién debería estar aquí contemplando como la Tierra se mece voluptuosamente en este inmenso y negro mar. ¡Sí, cariño, es cierto, es muy hermoso! ¡Tan hermoso como soñabas! El mundo desde aquí tiene una belleza silenciosa que nubla los ojos de emoción. No, no estoy llorando, tonta; es la escafandra, que me agobia. Neil abre ante el cristal su mano derecha y acaricia con el índice de la izquierda una alianza de oro que se ve ridícula de tan pequeña sobre el aparatoso guante del traje espacial. Al lanzarlo al aire el anillo dibuja lentamente una trayectoria de dorada pompa de jabón para caer de nuevo, en silencio, sobre el guante.
¡Aquí Houston! ¿Todo marcha bien, comandante?
Todo en orden, control. Misión cumplida dentro del tiempo previsto.
La radio trae el sonido lejano de un gran alboroto, gritos de alegría y aplausos. A Neil le parece incluso escuchar el descorche de las botellas de champagne. Aprieta la alianza en su mano e intenta impregnarse de aquella lejana alegría, respirarla a través de las ondas de radio; pero le llena una nostalgia pesada y empalagosa que no deja demasiado espacio para otras emociones. Buen trabajo, Neil, dice la voz del jefe de operaciones en el auricular. ¡Has batido tu propio record, muchacho! Sí, señor. Quería que me sobrase algo de tiempo, para… ya sabe.
Al otro lado se hace el silencio, un silencio espeso y respetuoso de 384.400 km. Después el jefe retoma la palabra con un carraspeo. Parece que se le ha atragantado la propia Luna. Has hecho un gran sacrificio, Neil, quizás el más grande que nadie haya hecho por América. Es una frase protocolaria, casi obligada. Neil sonríe buscando América entre las vestiduras de viento de la Diosa. No sufras, Michael, es solo un pequeño paso para el hombre… Otros 384.400 km de silencio espacial separan la ironía de Neil de la respuesta de Michael. Las palabras del jefe, que es también un viejo amigo y camarada, vienen envueltas en un suspiro ahogado, son una voz quebrada que pretende disimular un sollozo: Dios te bendiga, amigo. Sé que Anne estaría orgullosa. Pero Neil sabe que Anne nunca le habría perdonado una estupidez semejante y que Dios, de existir, tendrá cosas más importantes que hacer que bendecir a un pobre ingeniero idiota perdido en la superficie de la Luna.
Antes de entrar a la nuevísima estación comprueba que todo está en orden. La estructura de la base de lanzamiento ha quedado bien ensamblada y sin duda cumplirá su función durante bastante tiempo. Hasta él mismo se sorprende de haber montado solo el complejo, ¡y en tan poco tiempo! Dentro de la cápsula de control la temperatura es agradable. Se retira la escafandra y observa el reloj. Dos horas de oxígeno en la cápsula y dos bombonas de veinte minutos aproximados. Vuelve a enviar una señal con las coordenadas de posición. En 3´55 minutos Houston da su tercer OK por radio. Parece que el trabajo de Neil ha concluido. Coloca la aparatosa escafandra sobre el sillón de mando y respira con precaución, despacito, como si el aire pudiese acabarse de repente con una gran calada. Luego se ríe de su propio instinto de conservación y se gira torpemente en la pequeñez de la cámara. Ligero, piensa, encerrado, inflado y ligero, como uno de esos peces de color naranja en su minúscula pecera. A través de las claraboyas, ajenos a los asuntos del hombre de la pecera lunar, los luceros susurran secretos viejísimos a la nada. Neil saca la botella de vino de Michael de una caja rellena de bolitas de poliespán que vuelan en una mágica explosión de espuma seca. La gravedad lunar ralentiza el tiempo y da ganas de reír y de llorar al mismo tiempo. Necesitaré dos copas, Michael, había dicho Neil el día que recibió el presente de su amigo. Y allí están, entre las bolitas de poliespán, las dos absurdas copas; reflejando la luz fría de la pequeña estación y la cara triste de Neil que, efectivamente, tiene el aspecto de un solitario pez naranja. Mientras el vino cae en lenta e inverosímil cascada sanguínea contra el cristal de las copas, a unos pocos miles de años luz, una estrella muere ahogada en su propio corazón. Soy un Odiseo al revés, medita Neil en el instante en que la estrella sangra en agónica apoteosis su último destello de luz sobre la arena negra del espacio. Un Odiseo sin Penélope y con memoria. El vino deja un sabor amargo en su garganta. En el horizonte, entre las estrelladas olas del inmenso mar se mece Ítaca, la patria perdida en el tiempo y el espacio. Un pequeño paso definitivo para el hombre… un Odiseo sin retorno, un Odiseo sin Odisea… Neil respira, esta vez a pleno pulmón, se introduce en la boca una pequeña cápsula azul y apura el resto del contenido de la copa. Un Odiseo socrático… Sonríe.
En el exterior de la estación, Neil se detiene unos minutos para contemplar el silencio del cielo. Un agujero negro late donde antes hubo un sol y todo sigue igual. El hombre de la pecera se arrodilla, acaricia la tierra y, con un pequeño cincel, graba el primer mensaje escrito por un ser humano en el suelo lunar:
ANNE ESTUVO AQUÍ.
En la pecera, a su espalda, sobre el suelo cubierto de bolitas de poliespán, una copa vacía y otra llena reflejan en dos tonos complementarios el susurro secreto de las estrellas y meditan sobre la distancia que separa un pequeño paso de un gran salto.

Hace tiempo que el otro Neil no recuerda su verdadero nombre. Olvidar es fácil, mucho más fácil que recordar, y mucho menos triste. Cuando le nombraron vice-administrador asociado para la división de Aeronáutica de las Oficinas Centrales de la NASA, ya apenas recordaba el olor a infancia y tierra mojada el día que su abuelo le llevó por primera vez a ver los tigres blancos del Gran Circo Americano. Después vinieron otros importantes trabajos y nombramientos, y el nombre que había tenido antes acabó diluyéndose junto a otros muchos olores y sabores en el tibio caldo de la desmemoria. Pero hoy, el otro Neil se está muriendo en un hospital de Ohio, y los recuerdos han estado toda la noche escarbando para salir de las fosas oscuras donde estaban enterrados. La luna de mentira, con sus cegadores focos y su bandera ondeando al imposible viento, ha vuelto esta noche. Y Neil, el que llevó el nombre antes que él, también ha vuelto esta noche, con su vida sin acabar de vivir.
Hace poco que el otro Neil ha cumplido ochenta y dos años y sus arterias están bloqueadas por los restos invisibles del secreto que ha tenido que estar guardando durante muchos años. Me muero de Neil, piensa. No creo que puedan operarme de eso. Tras la ventana, impasible, vaporosa y llena; como un enigmático huevo luminoso y perfecto, la luna le susurra una tristísima melodía, un estridente réquiem mudo. Allí, a 384.400 km de olvido, una pecera vacía contempla ausente el cielo. Hoy ya nadie usa la vieja estación que sirvió para el primer viaje de vuelta desde la luna. Muy pocos conocen su existencia y aun menos recuerdan su nombre. La BASE LUNAR ANNE es un museo de la nada, un monumento al silencio. Tendido sobre el frío de su sudor, el otro Neil piensa que unos tontos viajes a ese satélite desierto no valen una vida y un nombre. Antes de morir sonríe y susurra tristemente, con ironía: un pequeño paso…

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