El hijo de Balkar (De héroes y hombres, cap. 1)

De

Akori

Recostado sobre una enorme piel de oso blanco frente a la hoguera, el divino Ekori se entretiene sacándose la porquería de las uñas con la punta de una daga. Frente a él, la enorme figura de su primo Eneki contempla ensimismado el horizonte estrellado. La mayoría de sus hombres duermen desfallecidos, el viaje a través del paso del Rü ha sido muy duro, en los últimos dos días la nieve no ha dejado de caer hasta hace apenas una hora, y levantar el campamento con tan poco tiempo de luz se ha convertido en un trabajo precario y agotador. El cansancio de la tropa se hace patente en el rostro del viejo consejero Karbu, que cabecea sentado junto Ekori.
—No debí hacerte caso, primo —dice Eneki como para sí mismo, sin apartar los ojos de las estrellas que brillan sobre la colina al final del valle—. Debí escuchar a Karbu, mi padre lo envió conmigo para que me aconsejara.
Al escuchar su nombre, el viejo Karbu da un respingo en su cojín y entreabre los ojos un instante, pero el sueño es más fuerte que su voluntad y su desvelo no dura mucho. Se cubre hasta la nuca con la gruesa manta de lana karena que el anterior guardián de Korbis, abuelo de Eneki, le regaló en sus buenos tiempos —cuando era un respetado general y no la niñera en la ahora le han convertido— y continua dormitando plácidamente.
—Deja de lloriquear Eneki, tu padre envió al viejo para humillarte, para demostrar que no eres lo bastante hombre como para dirigir un ejército solo—, responde la voz de trueno del divino Ekori—. Y me envió a mí para protegerte, y para que aplaste con mis propias manos a ese presuntuoso bolskano de Aju huevos de arcilla.
Eneki se gira para mirar a su primo. Junto a la menuda figura de Karbu, todo huesos y pellejo, Ekori parece un verdadero gigante. Éneki es considerablemente gordo y grande —lo suficiente como para avergonzar a su padre, que en más de una ocasión lo ha comparado con un puerco cebón—, pero su primo Ekori, tiene un tamaño descomunal, pesa más de cuatro quintales y mide cerca de dos brazas, carece de cuello y su figura es como una auténtica montaña de carne y grasa.
—Mi padre te envió para librarse de ti, y para dejar de escuchar esas sandeces que dices todo el tiempo—, dice Eneki con calma volviendo la vista otra vez hacia el final del valle.
Ekori ríe estruendosamente, y revuelve los huesos de cordero en la bandeja de plata buscando sin éxito un pedazo de carne que rebañar.
—Eso es cierto, querido primo, pero igualmente le partiré el culo a ese Aju antes de que la luna vuelva a estar llena—, dice dando un manotazo a los restos de cordero y esparciéndolos sobre la nieve.
Antes de la luna llena…, piensa Eneki; y contempla con inquietud el cielo perfectamente estrellado. Es una noche sin luna, oscura y fría, y Eneki tiene un mal presagio.
—No debimos precipitarnos, Ekori. Debimos esperar en el llano de Arbán como dijo Karbu, y cruzar el paso cuando amainara la nevada.
El viejo Karbu entreabre un ojo, pero en un instante vuelve a cerrarlo.
—¿Y mostrar nuestra inseguridad a ese Bolskano engreído? ¿Darle tiempo de recomponer sus fuerzas y asegurar la plaza?—, clama el divino Ekori mientras recoge un hueso del suelo—. ¡La osadía de Aju exige una respuesta inmediata. Si les damos tiempo para enviar refuerzos desde Bolskán, haremos de un asalto sencillo un tedioso asedio. Podría durar meses, años quizás!—. Y, diciendo esto, lanza el hueso a Shaki, uno de los pocos hombres, a parte de los vigías, que permanece fuera de las tiendas. El veterano oficial dormita tumbado en un lecho de pieles, el vino congelado le dibuja un reguero bermellón en la larga barba gris. El hueso le impacta justo en la frente y le despierta con un sobresalto. Tiene una mancha de grasa en el punto donde el hueso le ha golpeado y los ojos tremendamente abiertos, como si hubiese visto a uno de los espectros del mismísimo Ixú.
—¡Ve a buscar algo de carne, maldito haragán borracho, si no quieres que te tire al fuego y te coma a ti!.
El oficial duda un instante pero, a pesar de la gravedad de la ofensa y del odio que siente por Ekori —y aún obviando que se trata de un superior—, sabe que no tiene ninguna posibilidad de enfrentarse cara a cara con el divino hijo del dios Balkar. Se limpia la frente con la manga, se incorpora de mala gana, y se dirige tambaleante hacia la tienda de vituallas que está justo al lado de la de Ekori. Por el camino ruega a Assote, juez supremo, para que haga justicia con el maldito cachalote de Ekori y alargue el asedio a la fortaleza de Rü-Kán lo suficiente como para poder acuchillar a ese bastardo mientras duerme.
—¿Quieres eso, primo, pasar el invierno en una miserable aldea del Rü esperando a que Aju rinda la plaza? ¿Que tu padre nos humille y envíe a otro general a hacer tu trabajo? ¿Quieres eso? Porque eso es lo que ocurrirá si los refuerzos de Bolskán llegan antes que nosotros a Rü-Kán. Tu padre te pone a prueba.
—Pero Karbu dijo…
—¡Karbu dijo, Karbu dijo! ¡Karbu, el conductor de jinetes!—, se burla Ekori—. Karbu no es más que un anciano que ha perdido la fuerza y el coraje.
Al oír su nombre de nuevo, el viejo karbu alza la cabeza y abre los ojos.
—¡Ah, estás despierto viejo Karbu, glorioso conductor de jinetes!—, continúa burlándose el divino Ekori—. ¿Ha sido muy duro el viaje? ¿Aún crees que debimos esperar al otro lado del cañón? Por favor, ilústranos, oh, gran Karbu, con tu profundo conocimiento del arte militar.
Karbu carraspea, se frota los ojos, y se incorpora dificultosamente ignorando las burlas de la ballena arrogante de Ekori. Después se dirige a Eneku Mano Firme.
—Mi señor, si me disculpa, creo que es hora de retirarme—. Eneku da consentimiento bajando la barbilla.
El viejo Karbu hace una reverencia, recoge su cojín, y se aleja de la hoguera hacia su tienda. De camino, echa una ojeada alrededor. La noche es tremendamente oscura, y tan sólo las hogueras y las tiendas cercanas se distinguen bajo las estrellas. Al fondo del valle ni siquiera la silueta de las colinas se distinguiría de no ser porque tapa las estrellas, y a la espalda del campamento, la montaña no es más que una masa enorme de negrura. Salvo la voz de Ekori, que clama por su comida maldiciendo a Shaki en la distancia, un asfixiante silencio cubre el campamento. Algo va mal, piensa el viejo Karbu. La inquietud crece en su espíritu, el sueño ha desaparecido completamente. Por un instante, piensa en volver junto a su señor Eneku y advertirle de nuevo, instarle a levantar a la tropa y retroceder hasta el paso. Pero es demasiado tarde. El aviso de tres sonoros cuernos rompe el silencio de la noche. El cojín resbala lentamente entre las manos de Karbu.

Eneki, perdido en la contemplación del valle que se extiende en la penumbra ante él, se gira bruscamente para contemplar como por la pendiente de la montaña, al costado sudoeste del campamento, descienden cientos de antorchas. Ekori, con una velocidad sorprendente incluso para un hombre mucho menos corpulento que él, se levanta de un salto y grita a su sirviente mientras recoge su valiosa piel de oso blanco y se dirige hacia la tienda:
—¡Vamos, Fumë, mis armas! ¿No oyes los cuernos, maldito vago?
La guardia en la franja que linda con la montaña es escasa, y Eneki observa atónito como las antorchas rompen su línea rápidamente y comienzan a extenderse por el campamento. Mientras desenvaina la espada, maldice a su primo y lamenta no haber tenido tiempo para explorar debidamente las montañas. Debí escuchar s Karbu, se dice. Y grita llamando a los hombres a su lado.
Cuando los guerreros comienzan a salir de sus tiendas, sin haber tenido tiempo para armarse debidamente, dos centenares de dardos ardientes silban en el aire e iluminan la negra bóveda celeste robando el protagonismo a las estrellas durante poco más de un par de segundos. Pero apenas hay tiempo para lamentar el hermoso y mortífero espectáculo. Mientras las pequeñas flores de fuego comienzan a prender en la tela de algunas tiendas, una segunda descarga surca el cielo.
Eneki, acompañado por dos docenas de sus mejores hombres corre hacia la ladera dispuesto a ayudar a taponar la brecha y dar tiempo al grueso de la tropa a reaccionar antes de que sea demasiado tarde. Muchos de los hombres que van saliendo de sus tiendas hacen lo propio, y pronto una hueste considerable protege el sector de la ladera sudoeste del campamento, pero muchos más corren desorientados entre las sombras y las llamas.
El griterío es ensordecedor pero, misteriosamente, Eneki no escucha el choque de armas. De repente, un enorme buey con los cuernos ardiendo atraviesa el grupo. Eneki apenas tiene tiempo para echarse a un lado y rodar por el suelo, dos de sus acompañantes son derribados y el buey continúa su frenética carrera hasta estamparse con la lona de una tienda, en la que muge enredado mientras esta comienza a arder. Otros dos bueyes pasan corriendo enloquecidos en la misma dirección arrasando todo lo que encuentran a su paso, cajas, carros, los vientos de las tiendas… Eneki se levanta y observa que un reguero de brea arde en el suelo. A pocos pasos hay otro buey muerto, está atravesado por una lanza. Eneki se acerca al cadáver, tiene un enorme odre de cuero al costado, lo toca con los dedos y se los acerca a la nariz. Como sospechaba, los bueyes cargan la brea. Todo ha sido una ingeniosa trampa.
La lluvia de flechas de fuego es constante, y toda la retaguardia del campamento arde en llamas. La mayor parte de los hombres que quedan en pie comienzan a huir en desorden, los guerreros se mezclan con siervos y esclavos en un frenético caos. Sólo los más veteranos y disciplinados se repliegan en relativo orden junto a Eneki hacia el norte del campamento.

Fumë con el pulso tembloroso trata de terminar de sujetar la última correa de la gigantesca coraza de bronce de Ekori, una flecha incendiaria ha caído sobre la tienda, pero la gruesa lona no arde por el momento.
—Date prisa, karmo inútil, la gloria no espera por nadie. Ni siquiera por el divino hijo de Balkar —gruñe el gigante.
Una flecha atraviesa la lona y penetra en el cuello de Fumé justo entre la nuez y el hueso de la mandíbula. Triste de aquel que no es amado por los dioses, piensa Ekori. El pobre sirviente gorgotea intentando decir algo y se echa la mano a la herida. El chorro de sangre mancha la armadura del divino Ekori, que se gira furioso y lo aparta de un manotazo lanzándolo contra el lecho, donde el sirviente morirá desangrado en pocos segundos. Ekori odia mancharse de sangre derramada por otros.
El choque de las armas y el griterío son música celestial para los oídos del hijo de Balkar, se coloca el yelmo de jabalí, recoge su enorme alabarda de dos hojas, y raja el lateral de la tienda de arriba abajo para evitar salir por la puerta.
Mientras la carga de bueyes y flechas incendiarias distraía la atención de los Korbenses al sur del campamento, el cuerpo de exploradores del general Aju se deslizaba silenciosamente desde el valle, penetrando por el descuidado ala norte y acuchillando a placer entre las tiendas. Ahora, tras haber cumplido su siniestra misión, los exploradores cubren el avance de las dos compañías de arqueros que asolan el área nordeste del campamento y siembran de muerte la salida al valle.
Cuando Ekori sale de la tienda el humo le ciega y le hace toser, a su lado arden varias balas de paja. Una flecha pasa silbando junto a su oído y otra rebota en el pecho de su coraza. Varios esclavos pasan corriendo despavoridos junto a él, y en el claro, donde antes cenaba plácidamente junto a su primo y sus oficiales, varios de sus hombres se baten en sensible inferioridad numérica. Coge una lanza que está clavada en el suelo junto a él, corre tres monstruosas zancadas, y la lanza atravesando por la mitad de la espalda a un maldito bolskano que del impacto sale despedido a varias yardas de distancia. El suelo está plagado de cuerpos, la nieve luce roja entre las llamas y la sangre. Esto no es una batalla, es una miserable carnicería, ¡estos malditos bolskanos adoradores de serpientes no tienen honor!. La irrupción del hijo de Balkar en el fregado es como un auténtico torbellino. El primer golpe de su alabarda destripa a un enemigo, y casi le parte por la mitad. El hedor de sus entrañas es insoportable. Tras este ataque, continúa el giro, apoya la rodilla en el suelo esquivando un lanzazo y, golpeando por debajo de su sobaco, clava la otra hoja en el bajo vientre de un segundo enemigo. Un enorme bolskano que luce un yelmo forjado con la forma de cabeza de tigre y una rica capa de marta, aparta a un corbense con el escudo y lanza un fiero tajo diagonal sobre Ekori, que lo desvía por los pelos con su arma y aún tiene tiempo para barrerle ambas piernas de una patada. Esa pelea se promete interesante, pero un compañero le roba el placer de disfrutarla, y atraviesa con su lanza al noble bolskano por la ingle. Ekori puede escuchar el sonido de los huesos al romperse, y sentir el nauseabundo olor de sus entrañas al esparcirse sobre la nieve. El grito de dolor es tan fuerte que destaca en el fragor de la batalla. Ekori detiene un hachazo con la parte central de la barra de su arma, que se ve obligado a sujetar con las dos manos, y se quita de encima al agresor con una bestial patada frontal que le parte el esternón. Nota un mordisco en la parte trasera de su muslo izquierdo, es una flecha. Se agacha abriendo la base de las piernas y hace girar la alabarda sobre su cabeza inclinando la circunferencia del giro en la parte delantera. La primera hoja del arma parte el yelmo y la mandíbula de un enemigo, la segunda le secciona la yugular. La sangre brota con fuerza y empapa el emblema de Balkar que adorna el pectoral de su armadura, pero esta vez no le importa porque la sangre ha sido derramada por sus manos y será recibida como un querido presente por su padre. Un compañero atraviesa el estómago de otro bolskano con su espada y cae con él sobre la nieve, pero el bolskano, antes de morir, le apuñala repetidas veces en el costado. El divino Ekori toma aire y parte la flecha que tiene clavada en la pierna para que no le moleste. Luego se lleva su cuerno a la boca y lo hace sonar para reunir a sus tropas.

Entre tanto, en una maniobra extremadamente coordinada el general Aju atraviesa con su caballería la calle central del campamento desde el este, partiendo en dos el infernal campo de batalla. Tras ellos, el grueso de la infantería barre las desordenadas tropas de Korbis hacia el paso del Rü. Al sur de la columna de caballeros de Aju no queda más que un infierno de llamas, nieve embarrada y cadáveres. Los arqueros bolskanos apostados en la colina, descienden ahora hacia el sudeste, como cabras montesas en la oscuridad, para cebarse en la desordenada hueste que se apelotona buscando una salida en el estrecho paso del cañón.
Eneki ha logrado reunir un centenar de buenos guerreros y se bate con coraje y dignidad entre el fango y la ruina. Sus hombres, ignorantes de la trampa a la que se dirigen, se han abierto paso hacia el cañón dejando un reguero de enemigos tras de sí. La lluvia de dardos que cae desde la ladera oriental del cañón detiene su avance causando importantes bajas. Eneki levanta a un enemigo empalándolo con su espada, que se hunde hasta la empuñadura por la boca del estómago. Utiliza la víctima como protección contra las flechas y ordena a los hombres que se detengan.
—¡Hay que retroceder —grita—, el paso es un suicidio!
Pero una compañía de lanceros les cierra también la salida al valle y una veintena de jinetes se lanza contra ellos por el lado opuesto. El choque es terrible y parte los ya de por sí pobres restos de la tropa de Eneki en dos. El propio Eneki es derribado por un lanzazo que, afortunadamente, tan sólo le produce un corte feo pero superficial entre el pecho y la clavícula. Desde el suelo, mientras comprueba la gravedad de la herida e intenta recuperar el aliento, contempla como los valerosos guerreros de la gloriosa Korbis se baten desesperadamente más allá de toda esperanza.
—Bendito Korbis, da fuerza a tu pueblo en esta hora aciaga —exclama mientras se lanza con furia contra el costado de un jinete bolskano.

Inmenso sobre una pila de cadáveres, el divino Akori se bate rodeado de enemigos. Junto a él pelean trece o catorce compañeros, entre los que destacan por su fuerza y valor el veterano Shaki y Maluk, un valeroso liberto kareno por el que —hasta hoy— Akori sentía un profundo desprecio. Pero el bárbaro ha demostrado más arrojo y valor que ninguno de los gloriosos hijos de Korbis, a excepción, claro, del propio Akori. El veterano Shaki se maneja también con enorme destreza y, a pesar de ser el mayor en edad de los supervivientes del grupo parece también el más fresco. Con la espalda cubierta por la enorme corpulencia del divino Akori, se protege de un fuerte lanzazo y contraataca con un tajo por encima de la rodilla que derriba al engorroso enemigo con el que se bate desde hace un rato. Akori despacha a dos enemigos con un poderosísimo golpe lateral y Maluk parte la cabeza a un tercero dejando caer su pesada hacha de bronce en un perfecto tajo vertical, los sesos se esparcen sobre la nieve emponzoñada y roja de sangre. Cuatro jinetes bolscanos se suman a la refriega desde el sur y su carga causa estragos entre los pocos korbenses. Uno de ellos atraviesa al fornido kareno junto al hombro con su alabarda, pero este se revuelve y lo derriba de un hachazo en el pecho. Otro se abre camino sobre los cuerpos de muertos y vivos y pasa justo entre Akori y Shaki lanzando un tajo al primero que no logra apartarse del todo y resulta herido en brazo izquierdo. Shaki rueda por el suelo y pierde el escudo, que se parte en dos. Otro jinete se dirige hacia el divino Akori, que esta vez rueda con gran agilidad haca un lado y ejecuta un golpe desde abajo que corta los tendones de las patas delanteras del caballo y lo derriba con su jinete.

La situación de Eneki y sus hombres, que combaten con determinación encomendando ya prácticamente su alma a Assote, es también poco halagüeña. Pero de repente sus oraciones parecen dar fruto, los dioses no les han abandonado totalmente al bronce de los pérfidos sirvientes del Dragón. Inesperadamente, una rápida carga de caballería rompe desde atrás el cerco de lanceros que les cortaba la salida al valle. A la cabeza, el viejo Karbu asesta golpes con su espada a diestra y siniestra. Los ojos de Eneki Mano Firme se llenan de lágrimas, y nuevas fuerzas hinchan sus agotados músculos de sangre y valor.
—Rápido mi señor —grita Karbu llegando hasta él y tendiéndole las riendas de su hermoso semental blanco.
El grupo, avivado por la esperanza, se reorganiza uniéndose de nuevo a los guerreros que los jinetes bolscanos habían hecho retroceder hacia la colina, mientras la carga termina de romper el cerco de lanceros. La lucha es terrible y devastadora para ambos bandos. Finalmente, en perfecto orden, los korbenses se abren camino hacia el valle. A su espalda el campamento es un infierno de fuego y sombras en el que el clamor de la batalla no cesa. Eneki se detiene y contempla el espectáculo de su ruina. Las flechas silban en el aire, cada vez más cerca.
—Debemos retirarnos mi señor — dice con voz serena el consejero.
—Pero no puedo abandonar a Akori —dice Eneki con un brillo temerario en los ojos.
El viejo consejero le mira con severidad, aunque hay un atisbo de lástima en sus ojos.
—Nada podemos hacer por el divino Akori ahora, mi señor.
—No pienso dejar morir a mi primo solo, es un acto de cobardía indigno del futuro guardián de Korbis —grita Eneki a punto de hacer sonar su cuerno.
—No seáis estúpido, joven Eneki. Si queréis ser guardián algún día, debéis ser inteligente además de valiente. Mirad donde nos hallamos por vuestra tozudez de no escuchar el consejo de los ancianos.
Eneki está a punto de replicar, pero un rápido cálculo de sus fuerzas le hace recapacitar. El anciano consejero tiene razón, hay poco que el escaso centenar y medio de hombres con el que cuenta pueda hacer por su primo.

El último enemigo cae bajo el pesado golpe de Akori. Tendrá unos instantes para recuperar el aliento, pero otros enemigos no tardarán en caer sobre él. Sangra por varias heridas y tiene la coraza medio caída después de que un tajo le cortase una correa al lado izquierdo. A pocos pasos Maluk reposa inmóvil, arrodillado y con la cabeza hundida en el barro y la nieve, saeteado y sangrando por numerosas heridas. Tan sólo el veterano Shaki se mantiene en pie a su lado. Alrededor el sonido de la contienda se aleja por momentos. Todo es ruina y destrucción, un ejercito de tres mil Korbenses aniquilado. Akori clava la alabarda en el suelo y se apoya en ella como si fuese un bastón. Esta exhausto.
—Debemos huir divino Akori —dice Shaki—, ahora tenemos una oportunidad.
Akori sonríe y le mira con indecible desprecio.
—¿Huir, miserable alimaña? Los guerreros de Korbis no huyen. Si el destino nos depara una muerte gloriosa hoy, la aceptaré con amor. Y esta noche cenaré en las estancias de mi padre.
El divino Akori toma con orgullo su cuerno y lo acerca a los labios a sabiendas de que sólo sus enemigos responderán a la llamada. La mirada de Shaki se llena de angustia.
Pero ningún sonido sale del cuerno de Akori.
El metal está tan frío como la noche, la traición es tan negra como la noche. La espada de Shaki penetra justo debajo del sobaco de Akori, allí donde la coraza ha dejado su costado desprotegido. El cuerno resbala entre las manos de Akori, que clava una rodilla en el suelo sin aire para maldecir al traidor.
Cuando el gigantesco Akori se derrumba en la nieve, tiñéndola de escarlata a su alrededor, escucha las pisadas de Shaki que se aleja a la carrera como alma que lleva el diablo. Assote escuchó sus demandas, ahora sólo espera escapar con vida de este infierno.

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