Los juegos de Nasar (De héroes y hombres, cap. 6)

juegos de Nasar

El banquete había sido espléndido. La sangre de trece bueyes blancos y de incontables ovejas y cabras se había derramado de las palpitantes gargantas cortadas por la obsidiana. Se habían asado también numerosos puercos, extendidos sobre la llama de Balkar. Como reclama la Diosa, la sangre había corrido por todas partes en abundancia en torno a la ofrenda floral. Su tía, la suma sacerdotisa Lícea Karesa, había oficiado el ritual, y Tule y su madre, la reina Neilda, habían sido agasajadas con exóticos presentes por los reyes y príncipes de Essos. Era un día sagrado, el día de su desfloramiento, un día memorable para el que la princesa había sido preparada desde su nacimiento; pero su espíritu estaba inquieto, la presencia de los extranjeros en las islas y, sobre todo, en la corte, la inquietaba. Los nobles de Essos la trataban con extrema cortesía, pero su trato era artificioso y, en la mayoría de los casos, dejaba traslucir el desconocimiento e incluso desprecio de la sagrada norma de la Diosa. De puertas para adentro, en Nasar, su padre gobernaba en nombre de la reina, como sagrado consorte que había ganado por gracia de la Diosa compartir el trono de su esposa; pero para sus compatriotas Essitas todo aquello no era más que la pantomima caprichosa de un rey embrujado por la matriarca. Un rey que había conquistado el reino gracias a su valor y a la fuerza de su espada, y al que consideraban el legítimo gobernante de Nasar. La corte y la Ciudad Alta estaban atestadas de extranjeros, en su mayoría soldados convocados por los reyes y príncipes de una coalición essita que pretendía someter el imperio de la terrible Reina Negra de Agashu. Los nobles huéspedes del palacio se comportan con respeto y corrección, y manifestan su admiración por el rey Bares, bendecido héroe conquistador de la estirpe de Indo; pero la soldadesca de la ciudad y los marineros que atestan el puerto son harina de otro costal, y Tule ha escuchado rumores que relatan su arrogancia, su desprecio por el sagrado culto de la Diosa y el maltrato que hacen abiertamente a los fieles siervos de Kara. Tule ha podido ver con sus propios ojos como un noble essita, al que ha reconocido de sus paseos por los jardines de palacio, ha formado un gran alboroto durante la comida al encararse montado a caballo a un grupo de ciudadanos que escuchaban a un bardo en la pradera sacra.
El rey Bares ha hecho antes del banquete un gran honor al rey Álor, segundo hijo en edad del gran triarca de Essos, Nesker Bódida —aunque muchas canciones le nombran como el primero en fuerza y valor—; y ha ordenado a las ederétidas que pusieran al fuego un gran trípode para invitar al rey de kelse a que se lavase con el agua purificadora de la Diosa. Pero Álor se ha negado obstinadamente, aduciendo que no sería justo que el baño sagrado mojase su cabeza hasta haber vengado la ofensa hecha por la impía reina bruja de Agashu a la delegación de su santo padre. Tule ha escuchado a su tía Seíde el relato de tal desplante —que ella ha conocido por boca de su marido, el noble Lhasar, que tiene ojos y oídos en todos los puertos de la región—. Según ella contaba, el último verano, tras la conquista de Erikos y el sometimiento de la mayor parte de la costa de Estenia, el poderoso Nesker envió emisarios a Agashu, confiándoles regalos y con el mensaje de incorporar el reino como vasallo dentro de su gran confederación. Pero la reina ni siquiera recibió a los emisarios essitas, que tuvieron que entregar el mensaje, así como los presentes al príncipe Kubu, al que llaman el Astuto. Al presentar los regalos al príncipe: ropa de sedas púrpuras de Ultinos, collares de oro trenzado, brazaletes de plata enjoyada, vino nasarí y un vaso de alabastro lleno de ungüento, dijeron que Nesker, triarca de Gasora, deseoso de ser su amigo y huésped, les había enviado con orden de establecer relaciones y entregar dichos presentes. Pero el príncipe agashí, advirtiendo que viajaban al país en calidad de espías, les había recriminado sus mentiras y les había dicho que el poderoso triarca no enviaba regalos como muestra de amistad e interés por ser su huésped, y que no era un hombre justo ya que, de serlo, no desearía más país que el suyo, y no reduciría a servidumbre a hombres que en nada le han ofendido. Y dicho esto —contaba entre risitas maliciosas su tía Seíde— el príncipe Kubu tensó con suma facilidad un enorme arco ante los emisarios del triarca y les dijo: “el príncipe de los Agashíes aconseja al triarca de Gasora que cuando los hombres de Essos tensen arcos de este tamaño con tanta facilidad como yo, marche entonces con tropas superiores contra los agashíes de larga vida; hasta ese momento, dé gracias a sus dioses que la Gran Madre no inspire a los hijos de Agashu el deseo de agregar otra tierra a la propia”. Así contaba su tía que había hablado el Príncipe Astuto, y añadía que dicho esto había aflojado el arco y se lo había entregado al portavoz de la delegación gasorí. Y después de aquello había despreciado los regalos del triarca diciendo que la púrpura de las sedas era tan engañosa como los hombres que visten esas ropas teñidas y que los brazaletes y collares de plata y oro eran grillos demasiado flojos si con ellos quería el triarca apresar a su pueblo. Según decía Seíde que relataba Lhasar henchido orgullo, el príncipe había aceptado el vino de buen grado sabiendo que venía de Nasar, reino amigo de Agashu desde los días de su tatarabuela. Lhasar tenía buenas razones para estar orgulloso —decía Seíde— ya que aquellos barriles salieron de sus propias bodegas. Según cuentan los rumores, ninguno de los hijos del triarca, ni siquiera el fuerte Álor, había logrado tensar el arco de Kubu. Y tal había sido su furia que decían que estaba embrujado y no habían dejado a ningún otro héroe de Essos probar, escondiendo el arco y velando por que se olvidase el asunto.
Esa era la razón por la que hoy había rechazado el rey Álor la bendición del baño de Edereta:
—¡No, por Orisos, que es el supremo y más poderoso de los dioses! —había declamado ceremonialmente poniéndose en pie en el estrado frente al trípode bendecido y en presencia de los más eminentes representantes de la corte y de los nobles huéspedes Essitas—. Porque un pesar tan grande no volverá jamas a sentirlo mi corazón mientras me cuente entre los vivos. Ahora celebremos el banquete de la divina Kara y, cuando se descubra la aurora, manda ¡oh rey de Nasar, sagrado Bares, que se preparen los guerreros de estas valientes islas, y tomen sus rápidas naves de velas doradas para cabalgar el mar junto a tus hermanos, los hijos de Essos!
Bares había sonreído con diplomacia, pero todos en la corte saben que el rey no tiene ningún deseo de participar en la guerra contra Agashu, reino con el que hasta el día de hoy sus relaciones han sido excelentes, y que la dramática actuación de Álor no ha tenido otro motivo que el de evidenciar ante los huéspedes de Essos su intención de escamotear el apoyo al que el vasallaje de Nasar compromete al rey.
Ahora, los feriantes han abandonado el gran circo liberando el espacio para los juegos de la Diosa. El rey Bares mandó construir el magnífico graderío semicircular aquí en la pradera sacra, junto al Gran templo de Kara, para celebrar los juegos en honor a la Diosa y las representaciones dramáticas ederétidas y bódicas. Los extranjeros han mostrado gran sorpresa al observar que, situada en un emplazamiento tan alejado de la corte, la construcción sobrepase con tanta exageración al humilde teatro construido en honor a Orisos-Bodo la Ciudad Alta. Tule se ha dado cuenta de que les cuesta mucho aceptar que siendo el rey Bares un héroe conquistador de Essos haya permitido dar continuidad a la primacía del culto tradicional de Kara en su reino, y que el centro sagrado lo ocupe aún el templo ancestral de la Diosa en el norte de la isla mientras apenas haya mandado construir pequeños templos orisiacos en el sur, casi todos ubicados cerca de Puerto Dorado, en la Ciudad Alta, para recibir a los devotos que vienen al archipiélago desde Essos.
Como premio para los venzan los juegos, los sacerdotes de Bodo sacan de las tiendas calderas, trípodes, caballos, mulos, bueyes de robusta cabeza y luciente hierro que colocan cuidadosamente bajo el palco principal del graderío. Mientras, la hermosa Nera, sacerdotisa de Numma llegada del floreciente reino de Anbóm como embajadora de aquellas tierras, bendice la arena de los juegos encendiendo en el centro del circo una enorme pira sobre la que vierte la sangre de una vaca blanca sacrificada por las novicias númmidas y un aceite amarillo de fuerte olor dulzón que enseguida se apodera de la atmósfera del circo. La pericia de las jóvenes novicias con la hoja de obsidiana es bastante deficiente y el animal ha tardado en morir, sus mugidos de miedo y dolor han producido que la piel de Tule se erice desde la parte baja de la espalda hasta la nuca y los hombros. Nera ha puesto una mano sobre la frente del animal y sus espasmos se han calmado inmediatamente. Es una mujer extraña y todos sus gestos expresan fuerza y convicción, Tule siente una mezcla de admiración y miedo hacia ella. Debe tener la edad de su tía Seíde pero desde luego es mucho más hermosa y fuerte, y no tiene la necesidad de vestir tan ricamente para atraer la atención de hombres y mujeres. Ahora como el ritual exige no lleva más vestimenta que una fina seda vaporosa a modo de falda, de color rojo sangre a juego con su cabello trenzado. Tras verter la sangre del sacrificio y el aceite sobre la pira, Nera ha mezclado los restos en el cuenco de piedra que contenía el segundo elemento y se ha pintado el pecho y los hombros con la emulsión. Su piel es de un moreno cobrizo, como corresponde a su sangre utlana, pero su porte amboniense la dota de una belleza exuberante de la que carecen la mayoría de los utlanos de la colonia de la isla. Ante la apasionada admiración del graderío, la suma sacerdotisa inicia la danza ritual de Numma, las novicias demuestran tener más talento para el baile que con el cuchillo. Giran sobre sí mismas y alrededor de la pira con movimientos bruscos pero acompasados. Saltan sobre la pira con agilidad felina ejecutando complicadas acrobacias. Su canto es estremecedor, Tule nunca sabe si puede considerarlo hermoso, pero sin duda encierra un terrible poder. “¡Así ruge Numma, la guerrera!”, canta la imponente Nera y las novicias entonan el rugido de guerra de la diosa. “¡Así maúlla Numma, reina de la pasión!”. Como el estenés es la lengua natural en Nasar, la que habla la mayoría de la población y la empleada en los rituales sagrados, el apuesto príncipe Átibar de Tersis —que sigue la ceremonia a su lado con apasionado interés— le pide a Tule que traduzca las palabras de la sacerdotisa. El príncipe se disculpa alegando que, aunque ha estudiado la lengua desde pequeño, el canto ritual hace muy difícil entender lo que dice. La princesa sabe que la mayoría de los extranjeros no entienden la canción de Nera, y que algunos ni siquiera tienen más que nociones básicas de la lengua y prejuicios sobre la fe de la Diosa; así que decide gastarles una pequeña broma a Átibar y algún otro extranjero curioso que arrima la oreja en ese momento. “Te entregaremos a los niños de nuestros enemigos para que los devores, oh, poderosa Numma”, susurra al oído del príncipe. Este responde con una expresión de sorpresa y miedo que se le antoja muy divertida a Tule y no puede evitar dejar escapar una risita. Pero una mirada terriblemente fría de su madre acaba enseguida con la broma. Sin embargo, el rey Bares, que también se ha percatado de la jugada, sonríe divertido y dice algo al oído de su esposa que casi logra arrancar otra sonrisa de su hermoso y pétreo semblante.
Tras la danza sagrada de la Diosa Roja la reina Neilda, acompañada de la propia Tule, de su tía Lícea y otras once sacerdotisas de Kara, desciende a la arena y coloca junto a los premios los collares de flores que otorgaran a los campeones el privilegio de elegir a las damas y doncellas esta noche durante la numeria. La princesa Tule sabe que ella será, con casi toda seguridad, la primera opción del más galardonado de los campeones —es la princesa de Nasar y quién la desflore podrá pretenderla como esposa en el próximo solsticio, pero no solo eso, además, es consciente de su belleza—, por ello reza en voz baja a la Diosa para que otorgue el privilegio de desflorarla a un hombre digno de ella.
Para los vencedores de la carrera, la reina coloca seis collares de flores en un pequeño altar frente al resto de regalos, y da la orden a las sacerdotisas para que adelanten junto a estos una rica crátera de plata labrada en Barkeno por eximios orfebres. El premio ha sido ofrecido para los juegos por el príncipe Likas de Erikos, quién a su vez la había recibido como presente del noble comerciante barkeno Toante. La reina la ofrece como premio, en honor a la Diosa, para el que sea más veloz, que conseguirá adornarse, además, con tres floridos collares. Para el segundo corredor señala, a parte de los dos collares correspondientes, un buey corpulento que las sacerdotisas acercan también al pequeño altar. Y para el tercero, un brazalete de plata y el último de los seis collares.
Después, la reina se dirige a la concurrencia y clama:
—Levantaos y acercaos, en honor a la Diosa, aquellos que hayáis de participar en esta carrera.
Al instante se levanta el veloz Ablón de Indo, cuya fama como corredor le precede desde que se impusiera como campeón en los dos últimos juegos de Assos. Le siguen al momento el joven príncipe Budar, hijo pequeño del triarca —que no ha quitado el ojo de encima a Tule desde su llegada a Nasar, y cuya tímida cortesía la resulta bastante irritante—; e Isko, el mayor de los primos de Tule. Tras ellos, se acercan el príncipe Átibar y una veintena de jóvenes entre los que a Tule le sorprende la presencia de Totsek, el joven cacique utlano a quien el rey Bares tomó como hijo adoptivo tras matar a su padre durante la conquista de la isla. A pesar de haberse criado prácticamente como hermanos su relación siempre ha sido bastante distante pero, últimamente, Tule ha notado que su hermanastro procura a menudo su compañía y la obsequia con galanterías y ricos presentes que trae de sus viajes. Su prima Sira cree que él está enamorado de Tule, pero su prima piensa eso de todos los hombres.
Dos sacerdotisas acompañan a los corredores hasta la línea de salida, trescientos pasos frente al graderío semicircular y Tule espera en la meta con su tía Lícea, junto al trono de la reina y el altar con los regalos. La carrera empieza frenéticamente, los competidores parecen no querer reservar fuerzas. Desde un primer momento el veloz Ablón se adelanta a los demás, aunque el príncipe Budar le sigue de cerca, a apenas a un codo de este. Hacia la tercera parte de la distancia el corredor de Indo parece haber ganado una ventaja considerable, Totsek, por su parte, se ha separado del resto y recorta la que le separa del hijo del triarca. Tan inmediato a Budar corre ahora el cacique utlano que pisa las huellas de este antes de que el polvo caiga en torno de las mismas y casi le echa el aliento en la nuca. La piel de bronce de Totsek destaca entre la palidez del resto de los corredores y es, sin duda, al que más fácil resulta reconocer en la lejanía. A la mitad de la carrera Budar y Totsek están prácticamente pegados a Ablón que parece haber perdido el empuje inicial. Tule reconoce la toga de su primo Isko perdida entre las figuras de los rezagados. Sentado a la derecha de su padre, el poderoso Álor clama a Sakar pidiendo fuerzas para Budar — Tule sabe que el rey kelsita ha manifestado su interés en casar a su hermano pequeño con ella y estrechar aún más los lazos entre ambas familias, con lo cual, desea ver a su hermano pequeño adornado con los tres primeros collares—. Bares sonríe enigmáticamente. Todos los utlanos de la colonia presentes en el circo, y la mayoría de los Basaríes aplauden los esfuerzos de Totsek por alcanzar la victoria, y le animan a gritos. Cuando ya están tan cerca que Tule puede verles el rostro le parece que el utlano mira al cielo y mueve los labios como si rezara para pedir a sus dioses que le otorguen la victoria. El exhausto Ablón ve como los otros dos le rebasan a apenas cincuenta pasos de la meta. Cuando Budar ya casi acaricia el premio con la punta de los dedos un inoportuno resbalón da con su cuerpo por tierra, regalando la victoria, la crátera y los tres collares de flores al utlano. Ablón llega en segundo lugar y consigue el buey y dos collares, y un joven de larga melena trenzada al que Tule no conoce pasa la meta en tercer lugar ganando el brazalete y el último collar. Álor se golpea los muslos con las palmas de las manos y maldice la suerte de su hermano. Después, algo irritado, acusa entre dientes al utlano de haberle zancadilleado, pero su propio hermano está maldiciendo un charco del aceite vertido por la sacerdotisa nummida durante el rito, y el rey Bares acaba rápidamente con las acusaciones y decreta que ha sido la voluntad de la Diosa.
La hermosa reina anuncia la competición de lanza y ordena colocar frente al altar, junto a seis nuevos collares de flores, una larga pica de bronce labrada con las enseñas de Balkar por artesanos de Ultino y una caldera enjoyada de gran valor. El primero en levantarse para competir es Liskar Klunio, esforzado escudero de Édekar de Tersis. Le sigue Sebilos, capitán de la guardia del rey Bares. El rey Álor se despoja de su túnica y se dispone a bajar a la arena, pero el divino Bares lo detiene con un gesto y dice en voz alta, para que todos lo escuchen:
—¡Hijo del triarca, descendiente de Bodo! Pues sabemos cuánto aventajas a todos y que así en la fuerza como en arrojar la lanza eres el más señalado, toma este premio que sin duda la Diosa no habría de negarte y, si a mi hermosa y amada reina le parece bien, hazme el honor de disfrutar del espectáculo sentado junto a tu humilde anfitrión. El enorme Álor mira a Bares con gran intensidad, pero Tule no sabría decir si en sus ojos hay furia, complacencia o, simplemente, sorpresa y duda.
—Sea —dice desde su trono en la arena la reina sin expresión.
El gran monarca de Kelsé asiente, vuelve a ponerse la túnica, y toma asiento, mientras un sirviente recoge su lanza y los tres collares. Tras la inusual interrupción del rey Bares nadie más se levanta para participar. Los dos contrincantes que ya estaban en la arena arrojan tres lanzas cada uno. Sebilos supera a Liskar en todas las ocasiones y recoge el segundo premio: la caldera y sus dos collares.
Como premio para la prueba de lanzamiento la reina ofrece un carro con suficiente hierro como para cubrir las necesidades del vencedor largo tiempo, de manera que sus pastores y labradores no tendrán que ir por hierro a la ciudad por muy extensos y fértiles que sean sus campos. La prueba se realiza con una pesada bola sin bruñir. La reina anuncia que el gigante Binturkos lanzaba esa bola en otro tiempo, en la lejana Bálatar, antes de que el rey Basar lo matase y la trajese a Nasar en su nave con otras riquezas.
—¡Levantaos los que hayáis de entrar en esta lucha! —dice la reina.
Pocos son los que se atreven con semejante trabajo. El primero en levantarse es aquel bruto tan feo que tras el almuerzo protagonizó el irreverente alboroto molestando a las gentes que disfrutaban de la música de un bardo. La princesa no conoce su nombre, aunque sabe que es uno de los nobles que acompañan al rey Álor. Se presenta ante la reina como Kostar de Zésiro Le sigue el intrépido Rágar, un aguerrido marinero de Bersia amigo de su padre al que los rumores en la isla acusan de haber sido pirata en el pasado. Después se acerca el vigoroso Roildo, un joven soldado natural de la vecina isla de Kares que sirve en la guardia de su padre. Por último acude al llamamiento el inmenso campesino de la aldea de Ankora cuya victoria en la prueba el año pasado dio como fruto la medra de sus tierras y la bendición de una preciosa hija con Litia, una de las sacerdotisas de Edereta.
Los participantes se colocan en fila. El campesino coge la bola en primer lugar, la levanta con relativa facilidad y, tras colocarla sobre su fornido hombro, la arroja a una enorme distancia ante la admiración de todos los presentes. El segundo es el joven Roildo, quien a duras penas logra levantar la bola con una sola mano. Su lanzamiento es tan pobre que el graderío al completo le premia con una enorme carcajada. Lejos de avergonzarse, el propio lanzador se parte de risa sentado en la arena y maldiciendo al gigante que hizo aquella endiablada bola. El bruto sureño, Kostar de Zésiro, recoge la bola no sin esfuerzo y la lanza a una distancia considerable, aunque bastante lejos de la marca del voluminoso campesino. Por último le toca el turno al intrépido Rágar, que se anuda la lustrosa melena negra con una cinta roja y después dedica una graciosa reverencia la reina y la princesa. Tras el gesto recoge la bola con su robusta mano, la carga sobre su hombro y la arroja. La bola llega tan lejos que podría jurarse que Rágar ha lanzado un objeto de mucho menor peso que el resto de los competidores. El público aplaude la hazaña del intrépido héroe Bersiano. Rágar manda a dos sirvientes ughanos de lustrosa piel negra recoger el hierro del premio y se coloca los tres collares de flores saludando al público expresivamente. El campesino —Tule piensa que debe aprender su nombre por respeto a las victorias que la Diosa le ha otorgado— recoge sus dos collares. Kostar parece algo contrariado por el resultado, recibe de manos de Lícea el collar que le ha merecido su tercer puesto y, algo tambaleante, como si estuviese en exceso bebido, se dirige hacia el graderío y señala con el índice a una joven doncella. Debe tener la edad de Tule, la princesa reconoce al hombre a su derecha, es uno de los mercaderes de viajan con Lhasar. La princesa no ha podido escuchar las palabras del extranjero pero debe haber pronunciado alguna grosería o faltado al respeto a la joven de algún modo porque los presentes en ese sector del graderío le silban y abuchean.
El suceso distrae a la princesa de los prolegómenos del siguiente juego y, mientras su madre ordena clavar en la arena un mástil a lo lejos y atar en su extremo una cinta de seda amarilla que sujeta una paloma por la pata, ella piensa en la suerte de aquella pobre doncella si el bruto de Kostar se ha propuesto maltratarla esta noche en la orgía nummeria.
Es la prueba de arco y el premio, además de los collares, consiste en diez hachas grandes y diez pequeñas. La reina hace el llamamiento:
—Aquel que logre acertar a la blanca paloma ganará todas las hachas grandes, el que acierte a dar en la cinta sin tocar al ave, como más inferior, tomará las hachas pequeñas.
Unos quince arqueros aceptan el desafío, entre ellos se cuentan de nuevo su hermanastro Ketmek, el soldado Roildo y los príncipes Átibar y Budar. También están presentes el joven de la melena trenzada que quedó tercero en la carrera y el famoso héroe Ilhebbatar de Arsé. Cuando el primer participante está a punto de soltar la cuerda del arco, un nuevo hombre desciende del graderío. Su aspecto es muy extraño, sus ropas están viejas y algo raídas. Es un tirseo, Tule conoce su raza porque algunos viajeros de la patria hundida son recibidos en ocasiones de buen grado por su padre. Los tirseos tienen los ojos redondeados y habitualmente azules o verdes, como los salvajes karenos; pero su tez es más oscura, al igual que su cabello, que rara vez es dorado o rojizo como el de estos. Lleva una cítara colgada a la espalda. Es un bardo. Tule hace memoria, es el bardo que cantaba cuando Kostar molestó a la concurrencia tras el almuerzo.
Una tras otra las flechas surcan el cielo sin acertar el blanco, demostrando la dificultad de la prueba. Ketmek, Roildo, Budar y Átibar logran al menos acertar en el mástil de madera. De ellos el último es el que está más cerca del ave. Solo restan dos competidores. El héroe Ilhebbatar tiende gentilmente el arco a su oponente, el bardo tirseo, pero este rehusa el honor con un gesto sereno e insiste en que sea el noble de Arsé quien tire primero. Tule contempla el porte del héroe, es sin comparación el más elegante y atractivo de todos los participantes de los juegos y no la importaría que fuese él quien más collares ganase, el primero en elegir. ¿La elegiría a ella? Es la princesa de Nasar, una noble descendiente de Kara, y para que andarse con falsa modestia, es sin duda una de las más hermosas doncellas del reino. Ilhebbatar tensa el arco, cierra un ojo y suelta la cuerda. La flecha sale despedida con gran vigor, emitiendo un musical silbido. No acierta en el ave, pero golpea en la madera muy cerca de la pata y corta la cinta, que queda hondeando al viento ante el aplauso de los basaríes.
La paloma, ya liberada de la atadura, emprende el vuelo. El héroe se disculpa con un gesto teatral ante el bardo, le entrega el arco sonriendo y se gira para recoger su premio. El tirseo mira al cielo, la paloma da vueltas entre las nubes. Apoya el arco en el suelo lo tensa presionando con la rodilla en la parte central de la verga, retira la cuerda y da dos vueltas sobre el enganche con ella, aumentando la tensión del arma. Después, recoge la flecha que está clavada en la arena junto a él, apunta hacia lo alto y dispara. Ante la sorpresa de todos unos segundos más tarde el ave cae sobre la arena. Tule está boquiabierta, no sabe si está triste porque el hermoso Ilhebbatar acaba de perder uno de los collares o emocionada por la proeza que acaba de contemplar. El propio Ilhebbatar pide a la suma sacerdotisa Lícea ser él quien tenga el honor de colocar los tres collares de flores sobre el cuello de tan bendecido tirador. El príncipe Átibar, por ser de los otros quien más cerca estuvo de acertar, recoge su correspondiente collar.
Mientras los sacerdote bódicos entonan el himno en honor al dios resucitado y esparcen las cenizas y las brasas de la bendecida y ya extinta hoguera delimitando círculos sobre la arena, la reina manda adelantar los premios para la prueba de lucha. Las sacerdotisas conducen y atan frente al altar una yegua joven para el ganador y una copa de oro de doble asa para el segundo. La reina explica que los combates son eliminatorios y solo los dos primeros recibirán premio, pero sin embargo los semifinalistas serán honrados también con un collar de flores cada uno, el campeón obtendrá tres y el segundo dos.
—Levantaos, los que hayáis de participar en esta lucha —clama la reina.
Muchos son los que se ofrecen para luchar, alguno más de una treintena, calcula Tule a ojo. Solo resta un juego más y es el combate con armas, así que para la mayoría de los hombres esta es la última oportunidad de ganar algún collar y la consiguiente opción a elegir una pareja en la inauguración de la nummeria. Los combates se suceden, Tule ha visto juegos de lucha habitualmente en palacio cuando los jóvenes nobles entrenan, y en anteriores celebraciones; pero jamás ha contemplado una exhibición de semejante nivel. Illebatar de Arsé se mueve como una pantera y da con sus contrincantes en el suelo con tanta facilidad que parece que lucha con muñecos de paja. El pobre primo Isko es uno de los que sufren su maestría. Para disgusto de Tule, el bruto de Kostar es otro de los luchadores más fuertes, y acaba con sus dos primeros contrincantes con presteza y enorme arrogancia. Antes de comenzar la prueba ha llamado a gritos al bardo, increpándolo y tachándolo de cobarde. Pero el tirseo no parece estar ya en el circo o, de estar, ha hecho caso omiso a su llamamiento. Rágar de Bersia también es un temible luchador, aunque ha tenido bastantes dificultades para vencer al príncipe Átibar, que ha demostrado gran talento, fuerza y agilidad; y ha estado a punto de voltear a su adversario en un par de ocasiones a pesar de la gran diferencia de tamaño. También Totsek ha luchado con gran aplomo, pero el príncipe Budar lo derriba con un sorprendente golpe de cadera.
Quedan cuatro finalistas, ellos serán honrados con los floridos collares. Los últimos combates enfrentan al príncipe Budar contra Kostar de Zéfiro y al intrépido Rágar de Bersia con el heroico Illebatar. El bruto Kostar derriba al joven hijo del triarca ante el lamento del gradería y las furiosas maldiciones del rey Álor, que ve así como su hermano llega a la última prueba con tan solo el collar que esta derrota en le otorga. Kostar hace una reverencia al rey Álor, como pidiendo perdón, pero el daño ya está hecho y la mirada del rey deja muy claro que habrá represalias. La lucha entre Rágar e Illebatar es sin duda la mejor de la prueba, el primero pelea como un oso, el segundo como una pantera. Rágar zarandea a su adversario de un lado para otro pero no logra que este caiga de espaldas. El héroe de Arsé se revuelve cual diablo y, a cada brutal lanzamiento, responde con espectaculares maniobras que le salvan una y otra vez de la derrota. Los minutos pesan en contra del de Bersia que, por su mayor tamaño y edad, da muestras de agotamiento antes que su adversario. Finalmente, Illebatar aprovecha un descuido de Rágar y logra girar sobre este, tomarle por el cuello y clavando sus rodillas tras las del bersiano, doblegarle y golpear su espalda contra el suelo.
En la lucha final compiten pues Ilhebatar y Kostar. Los adversarios se miden con la mirada. Kostar es mas corpulento y ancho de hombros, Ilhebatar es algo más alto y bastantes más delgado, aunque sus miembros son fuertes y sus músculos bien definidos. La sacerdotisa da comienzo a la lucha. Tule reza a la Diosa para que sea el hermoso héroe de Arsé quien se alce con la victoria. Ambos permanecen quietos un momento, pero entonces Ilhebatar dice algo a su contrincante y sonríe maliciosamente. Tule no ha podido escuchar sus palabras pero a Kostar no han debido gustarle demasiado porque se lanza con la furia de un jabalí herido hacia él. Ilhebatar esquiva su abrazo mortal dos veces con la gracia de un gato juguetón. En el tercer intento se agacha con la velocidad de una cobra abraza las piernas de su rival y tira de ellas haciéndole caer de espaldas y golpearse en la nuca. La lucha ha sido breve. El de Zéfiro queda tendido en el suelo, aturdido por el golpe. El público aplaude enfervorecido, Ilhebatar es, sin lugar a dudas, el pretendiente favorito para la mayoría. La propia Tule no puede evitar aplaudir al campeón. Cuando Kostar se recupera golpea la arena con los puños y maldice la cobardía de su contrincante, al que acusa de no haber jugado limpio. Después de haberse limpiado el polvo de la túnica, recoge la copa de oro y sus dos collares, con estos ya son tres los que tiene. El seductor Ilhebatar se adorna con cinco y es, por el momento, el vencedor de los juegos. El bruto de Kostar vuelve a acercarse al graderío, a la joven muchacha a la que antes señaló. Y la habla esta vez en voz alta, para que todos puedan escucharle:
—Nadie se ríe de Kostar, el héroe de Zéfiro. Estos tres collares que la divina Kara me ha otorgado serán más que suficiente prenda para hacértelo comprender, niña insolente.
Tule lamenta sinceramente la suerte de la joven. Tal una dama de la alta nobleza podría negarle a Kostar su derecho sin que se considerase una grave falta a la voluntad de la Diosa, pero ella…
El sol se pone tras la entrada del templo de Kara. Los juegos van dando a su final. Solo queda una prueba, el combate con armas. La reina ordena adelantar los últimos premios y anuncia el juego final:
—Invitemos ahora a los varones más esforzados a que, vistiendo las armas y asiendo el cortante bronce, pongan a prueba su valor ante este juego. Será ganador e1 primero que logre herir la carne de su adversario, le rasguñe el vientre atravesando la armadura y le haga brotar la negra sangre. El campeón obtendrá esta magnífica espada bersia, tachonada con clavos de plata, que mi divino marido, el rey Bares, quitó al príncipe Taban. El segundo obtendrá este esclavo kitcheno, diestro en muchas labores y valorado en ocho bueyes.
Ansioso por hacerse con los tres últimos collares de flores, el príncipe Budar Bódida baja a la arena ataviado una imponente coraza de cuero endurecido de color negro suntuosamente decorada con el elefante dorado de la casa del triarca y un yelmo de bronce oscuro. Sus armas son escudo y espada. Los héroes del triarcado de Gasora y la mayoría de sus aliados de Essos permacen sentados. El rey Álor los señala uno a uno con una mirada que deja lugar a pocas dudas, ninguno de sus fieles debe entorpecer la victoria del príncipe. Tule observa que el príncipe Átibar hace amago de levantarse, pero que su tío Édekar le detiene poniéndo la mano sobre su muslo y dirigiéndole una severa mirada. Tan sólo Ilhebasar, para alegría de Tule, se atreve a desafiar la cólera del poderoso rey, y desciende hasta el círculo sin yelmo y protegido con un tabardo de finas lascas de bronce. Se arma con escudo y lanza corta. Totsek interroga con una mirada al rey Basar. Este asiente con un leve gesto de la cabeza y el utlano se suma a la competición. Lleva una rica coraza de bronce decorada con dragones, a la manera de las de los antiguos reyes de su pueblo, y un yelmo enjoyado y adornado con plumas verdes y azules. Sus armas son lanza y espada, la segunda la lleva enfundada al cinto. Por último, desciende a la arena, para sorpresa de todos, el bardo tirseo. No lleva armadura alguna, se ha deshecho de su cítara y en su lugar porta dos extrañas espadas de hoja curva.
El primer combate enfrenta a Ilhebatar con Totsek. La lucha es bastante desigual, el arseno es al menos igual de rápido que el utlano, pero le supera tanto en fuerza como en destreza, por no hablar de la enorme diferencia de experiencia. El héroe de la esplendorosa Arsé pronto convierte el combate en una portentosa exhibición. Los lanzazos de Totsek resbalan una y otra vez sobre el escudo del arseno, que baila a su alrededor una precisa coreografía mortal. La dificultad del utlano para evitar sus golpes se hace cada vez más patente, y hasta Tule se da cuenta del error de su hermanastro en la elección de las armas. El escudo y la lanza de Ilhebatar, por el contrario, funcionan como una máquina perfecta. Tule desea que Ilhebatar sea el vencedor pero, en el fondo, siente algo de lástima por su hermanastro. Tottek llevado por la desesperación intenta empalar a su rival lanzándose desde la distancia, pero el golpe se queda corto y demasiado bajo. El héroe arseno aprovecha la oportunidad para trabarle el arma con la hendidura en forma de golfo que tiene su escudo para hacer el juego con su propia lanza. Después envía un terrible golpe por encima que el utlano evita con una prodigiosa esquiva rodando por el suelo. ha perdido su lanza así que se dispone a desenfundar la espada, pero ni siquiera tiene bien agarrado el arma cuando su rival le hiere en el costado. la lucha ha terminado.
El siguiente combate es bastante mas parejo. El príncipe Budar es muy rápido y diestro, no baja la guardia y, a pesar de luchar con escudo, lo hace a la ofensiva buscando constantemente el cuerpo a cuerpo. El bardo parece tener un espíritu más templado evita el flanco del escudo de su oponente manteniendo la distancia y obligándolo a girar sin parar, detiene los golpes de budar con la izquierda y contraataca con la derecha de dentro a fuera de manera que Budar no pueda abrir la guardia. A pesar de su juventud el tiempo parece estar jugando en contra del príncipe que cada vez tiene una actitud menos agresiva. El bardo por el contrario comienza a hacer pesar sobre su escudo series de dos y tres golpes. Ahora Budar recula defendiéndose con eficacia pero bastante más atosigado de lo que le gustaría. Se separan un instante. El tirseo arremete con fuerza con una serie de tres golpes, Budar responde con un rápida estocada que el bardo detiene de nuevo con la izquierda. Vuelven a separarse. Budar amaga, pero se aprecia que le faltan las fuerzas necesarias para una verdadera arremetida. El tirseo vuelve a lanzarse contra él exactamente igual. Un, dos, tres golpes contra el escudo que hacen saltar astillas. Budar contraataca exactamente igual que antes pero esta vez el tirseo detiene el golpe con la derecha y gira sobre si mismo lanzando un tajo bajo a la altura del muslo e hiriendo a su oponente. Budar tira el escudo roto y encara a su contrincante. Pero la siguiente embestida es demasiado fuerte para el príncipe essita, logra detener dos golpes pero el tercero de desarma. El bardo coloca la punta de su espada en el pecho de Budar. tendrá que conformarse con un solo collar más.
El último juego de la noche será el combate entre el misterioso bardo tirse y el apuesto Ilhasar de Arsé. Tule hace recuento mentalmente: el héroe essita tiene cinco collares, el bardo tres. Es dudoso que venza el bardo, pero ya les sorprendió a todos en la prueba del arco, y ha vencido ahora a Budar que, sin duda, ha de ser mejor guerrero que Totsek. Si ganase ahora se colocaría con seis, pero aún así Ilhabatar sería el triunfador de los juegos porque sumaría dos más y tendría siete. Sus plegarias han sido escuchadas, el seductor Ilhabatar será el ganador de los juegos.
Los contrincantes están frente a frente, con las armas bajas aún.
—Que la Diosa otorgue la victoria al mejor, noble bardo —dice Ilhebatar.
—Pediste el honor de adornarme con los collares de la Diosa tras mi victoria en la prueba de arco, bendecito Ilhbatar —dice el bardo ceremoniosamente—. Me gustaría solicitar ahora la misma gracia para mí. No deseo probar mis fuerzas contigo en una prueba en la que eres muy superior. Y, gane quien gane, tu serás el primero en estos juegos y yo, por voluntad de la Gran Diosa, el segundo. Si la reina me lo permite, me gustaría retirarme de esta lucha y otorgar la victoria al gran Ilhebatar.
—Sea —sentencia la reina.
—Eres una caja de sorpresas, bardo —responde Ilhebatar riendo—. Y, sin duda, un maestro de la retórica. Pero ya que vas a abandonar los juegos engañándome y sin darme la oportunidad de ganarte en ningún juego, permite que te invite a cenar en mi tienda y deléitame a cambio con tu poesía. Si un bardo se maneja de este modo con las armas ¿que maravillas podrá ofrecerme empuñando su cítara?
Y tras esta plática se dirigen al altar donde el bardo coloca los tres collares alrededor del cuello del héroe arseno. Ilhebatar recoge como premio la valiosa espada que fue del príncipe Taban y el bardo se marcha con su esclavo Kitcheno.

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Dos rocas

Hay dos grandes rocas en el Mar del Norte,
negras, terribles y afiladas.
allí grabaron las olas un poema
que escribí anoche, mientras no dormía.
Fue escrito en el agua de tus ojos con palabras invisibles
susurradas por el revoltijo caótico de las tripas del cangrejo,
mientras las pinzas trazaban designios extraños,
como hechizos de cordura,
con el cristal bruto de mis pensamientos.
Mientos, miento, ¿miento?
Pienso…
en versos invisibles, más opacos que transparentes.
Aparentes y apareces:
La música de una lluvia de números ordenados
hace charcos con arcanos y puertas celestiales.
No pienses que no te escucho,
que no sigo la línea dorada que trazan tus argumentos
en algún rincón perdido del Cosmos,
es sólo que, mientras,
yo sólo pienso en follarte.
Arte…
Algunos creen que las inscripciones de las piedras
duran más que los versos del mar.
Yo sólo sé que hay dos rocas frías,
negras y afiladas.
Y que las olas llevan una carga extraña
de tripas de cangrejo bajo la espuma.

La fiesta de la primavera (De héroes y hombres, cap. 5)

barda primavera

La fiesta de la primavera es uno de los acontecimientos más importantes del año y, sin duda, el más esperado por las jóvenes de Nasar. Llegan viajeros de toda el reino, nobles, comerciantes y sacerdotisas de los diferentes puntos del archipiélago; e incluso de fuera, de muy lejos. Comerciantes de Urakos, de Tamusia, de Ambón, hasta utlanos de Emotnoch y exóticos emisarios de piel oscura de Aghasu. También suele venir algún príncipe del sur con la intención de tomar como esposa una noble sacerdotisa de Kara cuyo matrimonio glorifique su casa o, en el mejor de los casos, una princesa de Nassar. Sigue leyendo

El oráculo de Salacia (De héroes y hombres, cap. 4)

Sibila de Salacia

Bajo el peso de la pesada coraza de bronce, empapado en sudor, el príncipe Átibar maldice entre dientes el fatigoso ascenso y contempla algo decepcionado las desgastadas estatuas que franquean la pequeña puerta. El recuerdo había dibujado en su memoria un templo mucho más grande e imponente, pero lo cierto es que cuando lo visitó por última vez no era más que un niño, y la experiencia allí dentro fue lo bastante traumática como para magnificar la imagen de aquel ruinoso edificio. Aun ahora, bajo el calor húmedo que, a pesar de no haber llegado la primavera, asola estos días la ciudad sagrada de Salacia, un escalofrío recorre el cuerpo del príncipe y, por un instante, permanece paralizado frente a la entrada. Las palabras entonces pronunciadas por la sibila no han dejado recuerdo alguno, pero su rostro decrépito, hinchado y viscoso, así como el tacto húmedo, escamoso y frío de sus manos, están marcados como a fuego en su mente. También recuerda el agua helada que le cubría entonces hasta el pecho, y los monstruos de piedra iluminados por la tenue luz de las pequeñas velas flotantes que avivaban demoniacas sombras entre sus formas. Sigue leyendo

Narrativa de mundos épicos imaginarios: La epopeya antigua de los tiempos modernos

Dragón copia

Roberto Cáceres Blanco (Universidad Autónoma de Madrid)

La narrativa de mundos épicos imaginarios es un género moderno tremendamente productivo. Surgido en la primera mitad del siglo XX, ha resistido el paso del tiempo manteniendo rasgos estéticos perfectamente reconocibles. Algunos de los títulos que incluye suponen los primeros pasos o incluso la iniciación en la lectura para varias generaciones de lectores, lo que convierte el género en un fenómeno paradigmático de la cultura moderna y contemporánea. Debido al enorme éxito de algunas de las obras (El Señor de los Anillos, Conan el Bárbaro o Canción de hielo y fuego) es, además, uno de los géneros más influyentes de nuestro tiempo, referente de otras manifestaciones artísticas como el cómic, la ilustración o el cine, y generador de nuevos espacios comunicativos como los juegos de rol. Sigue leyendo

La marca de los dioses (De héroes y hombres, cap. 3)

Templo de Nukú

El poder es una cima inestable, piensa Abuté contemplando el templo sobre su cabeza, erguido entre la nieve y la bruma sobre el esbelto pico consagrado al poderoso Nukú. Incluso para él, para Nukú, soberano de los dioses; la caída es sólo cuestión de tiempo. Un ascenso doloroso y cruel a un trono de miedo y desconfianza, eso es el poder. El apoyo del culto al Dios Mono le ha otorgado a Abuté la Silla de Sakarbik en el consejo de Bolskán pero ―a pesar de sus innegables dotes, de su sangre de dragón, y del poder de su familia―, Abuté es muy joven aún, y el poder es peligroso cuando es demasiado visible a los ojos de los otros. “La vida es una imparable rueda de piedra que baja estruendosamente la gran montaña hasta las ciénagas de Ixú”; Sigue leyendo

Tras la bestia del Rü (De héroes y hombres, cap. 2)

Bestia de Balkar

Hace ya más de dos horas que se adentran en el bosque en busca de alguna señal y el tiempo ha empeorado poco a poco. La nieve no ha dejado de caer y se espesa bajo sus pies obligando a la partida de caza a emplear raquetas para no hundirse hasta las rodillas. La ventisca habrá borrado las huellas de la bestia en el caso de que esta exista realmente. El invierno está resultando especialmente duro para Keno que, aunque era consciente de que alistarse en la tropa del general Aju conllevaría no pocos riesgos y sacrificios, nunca imaginó que vería el rostro del dios de la guerra tan pronto ni tan de cerca. Nunca tuvo un espíritu demasiado belicoso, ni siquiera en exceso valiente, más bien siempre fue un chico precavido, por decirlo suavemente. Pero como segundo hijo de una numerosa familia de campesinos de la belicosa Bolskán su destino estaba sellado al nacer, estaba señalado para la leva del dios Burduk.
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